Breve Biografía

Breve Biografía
Nací en el 1973 en Barcelona y soy una apasionada de la literatura y las artes en general.
Realicé clases de técnica de novela y cuento en Aula de Lletres (Aula de Letras) de Barcelona y un curso de Producción Editorial. He realizado un curso de Producción Editorial y otro de Modernidad y Posmodernidad.
En la actualidad estoy en ASDI (centro para disminuidos), y asisto a un grupo de lectura. También tengo un libro de cuentos.
Para contactar:
kahlo07@hotmail.com

Ser animado

Se dirigió al dormitorio y el papel escapo de su mano y cayó al suelo. Acto seguido, con los brazos en cruz, se dejó caer sobre la cama. A los minutos se cercioró que se hallaba en una playa de arenas doradas y de aguas serenas. Fijó la vista hacia un punto en el mar: en la cresta de una ola inmóvil se ubicaba un pez, agonizante coleteaba los espasmos de la muerte. Observó que en la arena, tumbado y devorado por un batallón de caballitos de mar, se encontraba el cadáver de un ternero. La escena la coronaba una figura, suspendida en el aire, vestida de virgen. Con pasos emocionados se acercó hacia ella y no se sorprendió al ver el rostro de Gala decorado con una aureola de butifarras y oro. En la mano, blanca y pura, sostenía una pequeña replica de él mismo. El falso Dalí llevaba un reloj de bolsillo colgado de un codo.

EN EL AURA DE LOS VERSOS

Aquella noche de agosto del 1.936 tuvo que ser fría, o mejor dicho, tuvo que ser gélida en el corazón del poeta. Sí, gélida, en pleno verano. En cada bache que saltaba el coche de los verdugos, un trocito del poeta moría. Sí, moría por adelantado. Y tuvo que pensar ¡malditos seáis, así os pudráis en el infierno! De repente el coche se detuvo. El poeta y los otros detenidos bajaron del vehículo. Les ordenaron ponerse de espaldas. Lorca miró a la luna, estiró el brazo y la capturó. Se la estrechó tan fuerte que quedó adherida en su traje. Un sonido seco cortó el silencio y unas alas se batieron enloquecidas en medio de la noche. Una lágrima escapó del ojo del poeta. Agachó la cabeza y vio a su luna llorar lágrimas de sangre. Se fundieron en uno… y todo terminó.
¿Qué terminó? –se preguntaba el poeta mientras escupía tierra de la boca. ¿El qué? ¿El qué? ¡El quéé! Vió su traje blanco, y lo miró horrorizado. Una mancha escarlata salpicaba el orgullo, la valentía, la luna y los poemas. Acercó las palmas de las manos a los ojos. ¡Sangre! ¿Qué terminó? ¿Qué terminó? –se dijo entre sollozos, cayéndose sobre las rodillas.

- Federico, tienes que ser fuerte –le dice la luna-. ¡Sé fuerte, levántate y corre!
Vete…
Lorca la miró suplicante pero la luna se lo negó. Decidió que tenía que marchar. Caminó por una tierra pesada, bajo por unos peñascos insoportables hasta que llegó a una carretera de curvas infinitas. Huye luna, luna, luna, que ya siento sus caballos -recitó agotado, recitó moribundo y de tanto recitarse su alma quedó desgarrada. No sabía a donde ir, no sabía de qué escapaba… Alzó la vista a las estrellas y tampoco lo sabían. ¿Eran estrellas? No, eran miles de ojos que le punzaban la carne andaluza. Sí, en ese fino pergamino que tenía por piel, sí, donde escribía Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas, tigre y paloma, sobre tu cintura en duelo de mordiscos y azucenas . Lorca creía que si un poema no se lo gravaba en la piel no sería poema, y si no era poema, él no sería poeta; si no fuera poeta no sería persona. ¡Ay! ¿Entonces qué soy? Masa, sustancia volátil, cerebro o corazón, no sé… y sus pasos ya eran de fango turbio.
Sus lagrimas azules se deshacían en la materia soluble de su cuerpo. Cayó sobre el rocío fresco de la tierra. Cayó lentamente, flotando en el aura de los versos, en el verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas . ¿Qué terminó? –se preguntaba. Y acurrucado abrió las manos con dificultad y exhalando su último suspiro, le dijo a la luna:
- Ven, mi vida. Ven y quédate conmigo toda la eternidad.

Alma y Cuerpo

Y yo os pregunto: ¿Es posible separar el cuerpo del alma?

Por supuesto que sí.
El cuerpo es sólo un vestido,
un disfraz burlesco el cual da cobijo a nuestra alma. El alma es como la mutación de un camaleón; según las reacciones externas que tengamos, ese disfraz burlesco las absorbe hasta el mismo núcleo de nuestra alma. Y esa alma reacciona de distintos colores.

Blanco: alma viva.
Azul celeste: alma en calma.
Rojo: alma apasionada.
Naranja: alma creativa.
Amarillo: alma alegre.
Gris: alma triste.
Granate: alma incomprensible.
Azul marino: alma atormentada.
Negro: muere el alma.

Materia Impalpable (fragmento)

Mis piernas, brazos, tronco y corazón son pura gelatina de sabor irreconocible. Mi cerebro siempre esta nublado, pero si soplas, ya verás. ¡Va, sopla, va…! Ves, como las nubes se dispersan. ¿Sabes? Todo es cuestión de que me soples; el día que no tengo ni una brisa de aire, lluevo. Lluevo circulitos de gelatina de sabor irreconocible. Aparecen en mis ojos, ruedan por las mejillas y al impactar en el suelo se transforman en un líquido aburrido.

Cuando nací era una masa de color imposible. Con los meses me crecieron las cuatro extremidades, en mi cara brotaron los ojos y los labios y de ahí, una risa espontánea. Más arriba resurgió un cerebro con un sol inmenso, unos pensamientos abstractos y unas emociones variables. De mi bajo vientre se formaron amores adversos como demonios enloquecidos sin razón. Con el paso del tiempo todos naufragaron al abrazarme fuertemente. ¿Y por qué? –me preguntas. ¿No te acuerdas? Soy de pura gelatina. Sí, sí, claro… De sabor irreconocible.


Todo sobre mi hermana

Mi madre lo paso fatal cuando me parió. Después de diez horas intentando darme a luz, los ojos del ginecólogo se abrieron como platos. La exclamación del doctor despertó a la enfermera de su ensoñación. Mi madre supo que algo iba mal.
- ¡Que es eso! -vociferaba la pobre enfermera-. ¿Pero que le esta saliendo a esta mujer? Parece algo de metal y goma ¿no?
El ginecólogo no daba crédito a lo que veía. Reflexionó unos segundos, y ante la dificultad que presentaba el parto, decidió anestesiar a mi madre. Tras hacerle un corte en la panza, primero nació la silla de ruedas y acto seguido nací yo. Después de limpiarnos, con cara de satisfacción, la enfermera me llevo hasta los brazos de mi padre y a la silla también.
- Han sido gemelas, han pesado dos kilos novecientos gramos cada una –le informó con voz risueña la enfermera- Son preciosas.
Mi padre nos cogió a las dos y nos acuno con ternura infinita.
-Tú serás Pili y tú Rodas –dijo orgulloso mi padre- Sí, Pili Egea y Rodas Egea, me
gusta como suena.

Mi infancia fue distinta a del resto de los niños de mi edad, y la de mi hermana también. Durante doce meses nuestro crecimiento fue normal. Mientras que a mí me salían los dientes de leche, a Rodas le salieron unos radios chiquitos en las ruedas. Mis padres estaban muy orgullosos de nosotras. Yo era guapa y mi hermana tenía unos reposapiés magníficos con un resplandor especial. Todo fue perfecto hasta que cumplimos los tres añitos; mi hermana ya daba sus primeros rodajes y a veces hasta hacía giros, en cambio yo, ni rodajes ni giros ni pasitos. Me llevaron al médico y no me dieron el diagnóstico hasta ocho meses después. Parálisis cerebral. A mis padres se les cayó el mundo encima. Pero yo, inocente de mí, seguía jugueteando e incordiando a mi hermana, por el volumen de su reposa brazos. Hay gente que tiene la nariz grande ¿no?, pues Rodas tenía unos reposa brazos superlativos.

El día de nuestro doceavo cumpleaños fue decisivo en nuestras vidas. En medio de tanto regalo, que por cierto, todos fueron para mí, me percaté de la decepción de mi hermana. En el colegio los niños la ignoraban, en la calle la gente le echaba una mirada despectiva, en casa participaba muy poco en mis juegos. Seguramente Rodas tenía una depresión. Por mi cerebro infantil pasaron mil ideas. Pero ¿Por qué estaba deprimida? Ella no hablaba, no comía, no sentía ¿Qué le pasaba a Rodas? ¿Era un vegetal? Me acerqué a ella con mucho cuidado y le acaricié el reposa pies. No obtuve respuesta. Suavemente mi mano fue ascendiendo por las curvas del asiento; su tela era lisa y resistente. Me di cuenta de que su estructura tenía forma de cuatro y pensé que a lo mejor, si me sentaba encima de ella, podía sentirse más útil. Sí. Y ¿por qué no? Además, los gastos que mis padres hacían al comprarme sillas de paraguas podían eliminarse, y total si Rodas se quejaba siempre quedaba la opción de bajarme. Me subí y al descubrir que sus ruedas brillaban con una intensidad inaudita, supe que mi hermana era feliz. Y yo me sentía como la Reina de Saba teniendo su contacto diario.

A partir de aquel momento, supimos que nuestros destinos estaban unidos para siempre. Había nacido un vínculo de sangre y acero, que nada ni nadie podría romper jamás.



En la V

- ¿Sabes qué carajo es esto y por qué estamos aquí? –le dice
soltando un bufido de resignación.
Hacia varios minutos que ella aguantaba aquella situación. ¿O sería horas? ¿O tal vez serían años? A decir verdad, Frida Kahlo no tenía ni idea de cuanto tiempo hacía que estaba sentada sobre la gran V. Agarrándose a las dos diagonales de la etérea letra, aspiró fuertemente para coger más aire y así darle más relevancia a su súplica.
- ¡He dicho que si sabes que carajo es esto y porqué estam0os
aquí! –le repetía vociferando, ya cansada de sentirse ignorada.
García Lorca con un sosiego meditado dejó su estilográfica sobre la mesa flotante. Acompañó una mano y la apoyó debajo del mentón, cruzó las piernas y adoptó un semblante interesante. El poeta, por fin, tras unos segundos, se resignó y la miró. Al fin, le contestó alargando las vocales hasta el más pesado de los cansancios:
- Nooo seeé…

La atmósfera, donde se hallaban los dos genios, era de un tranquilo azul celeste pero a veces aparecía niebla y lo enredaba todo. Si ese día no despejaba, esas nieblas grises e incomodas formaban nubes amenazantes y esas nubes terminaban por descargar sobre sus cabezas, provocando una lluvia terrible de odas distintos tintes. Esos sucesos les ocasionaban a los dos maestros cefaleas intelectuales, diversos dolores emocionales y dudas transcendentales. Sí, muchas dudas… y alguna, hasta sobrecogedora.
- Yo creo que estamos muertos –reflexionó Frida en algún momento, mientras se columpiaba en la V-. Sí, debe ser eso. Por qué si no ¿cómo se explica que tenga las dos piernas?
García Lorca frunció el ceño.
- No me mires así. De pequeña sufrí poliomielitis y como regalo me dejo una pierna más delgada que la otra. Ya, de grande, tuve gangrena y me amputaron una –le explicó levantandose un poco la falda para mostrárselas-. Ves, ¡tengo las dos, y encima son iguales!
El poeta miró las piernas de la pintora, las miraba sin observarlas. La palabra “muertos” le punzaba la razón. Tenía miedo que fuera cierto. Pero, a pesar suyo, creyó que Frida estaba en lo cierto. Qué extraño… ¿Esto será estar muerto?, pensaba. Entre cavilaciones se acordó que él había tenido una leve cojera, ya hace mucho tiempo, e incluso recordó que por ser republicano, gay e intelectual lo ¿torturaron?... ¿Lo mataron? ¡Ay! No, no… De golpe oyó un sonido de truenos y se protegió la cabeza con los brazos porque empezó a lloverle una granizada de remembranzas de poeta. Una voz lejana y leve como el vuelo perdido de una pluma susurraba la palabra “imaginación”.
- Ya ésta –le soltó Frida-. ¡Para! No trates de recordar. Vas originar un diluvio.
En cuando terminó su frase, a Frida le vino a la mente la última tormenta que sufrió en su propia piel. El causante fue un pensamiento difuso: vio a Diego, el día de su boda, rebosante de influjos alcohol. Del cinto se desenfundo un pistolón, apuntó directamente a la creatividad de Frida y disparó. Cuando volvió a abrir los ojos se vio tumbada en una cama de hierro en una fría habitación de algún hospital. Estaba dibujando un feto que escupió de sus extrañas; era el feto de un perro Chihuahua. Después de este pensamiento Frida seguía preguntándose como había llegado hasta allí; a este lugar tan etéreo, en donde, como suelo había agua condesada. Repentinamente un estruendo seguido de un seductor susurro que reivindicaba la palabra “imaginacióóón” hizo que Frida volviera en sí. Veloz, bajo de la gran V y corriendo fue en busca de García Lorca para sentirse protegida. Y así aguardaron bajo el vendaval de los pasados inciertos, juntos y apretujaditos.

Frida y yo


El 18 de agosto del 2007 la ciudad de México amaneció con una melancolía en el cielo, amenazaba lluvia. Al levantarme, mi marido me besó y me preguntó si estaba preparada. Le miré, pero no pude decirle nada. Me asomé por el ventanal de mi hotel; la gente iba con manga larga pese a ser en verano. Alcé la vista: la ciudad estaba bajo mis pies; un largo suspiro inundó mi interior. Sabía que ese día iba a producirse magia. Algo sucedería en mi vida. O eso me imaginaba al menos. El coche en el cual viajábamos sorteaba el denso tráfico. Me acerqué y la punta de mi nariz se apoyó en el frío cristal. Por unos instantes me distraje mirando por la ventanilla cómo la gente hacía sus gestiones cotidianas. Pero al ver un cartel que indicaba la dirección en el cual se hallaba el Museo Frida Kahlo mis pulsaciones se aceleraron.

Creo que ya no estaba en mí cuando nuestro vehículo torció una esquina y entró en la calle Londres. Recuerdo que esa calle me la había inventado miles de veces en sueños. Inventado sí. Cuando no tenemos la imagen real de algo, nuestra tendencia innata es coger esa foto borrosa, darle unos retoques de imaginación y unas cuantas pinceladas de ilusión. ¡Perfecto! Ya la tenemos guardada en el disco duro de nuestra mente para rescatarla en días de apatía o tristeza. Pero mi imagen no correspondía con la realidad. La calle en donde estaba la Casa Azul era amplia y despejada; mientras que en la foto mental que llevaba guardada era chiquita como dicen los mexicanos. Pues a todo esto, el coche seguía avanzando y yo continuaba luchando con mis nervios. En ese momento, el conductor dice “estamos a escasos metros del museo” . Una vocecita interior me susurraba: “Pili, ahora que estas a tiempo, bájate del coche. Es posible que no superes esta tensión”, pero qué carajo, claro que la voy a aguantar. Claro que sí, me portaré como una mujerona… ni una lagrimita derramaré, así se habla. Que sí, ¡que te bajes ya!, me repetía mi lado malvado. ¡No! Y entre pelea y pelea conmigo mismo, la gran casa azul reposaba delante de nosotros. Me deshice como la mantequilla en pan caliente. Mi mirada se iba empañando y mi garganta estrangulaba mi razón. Estaba delante de la casa de Frida Kahlo y pensé: Ya es tarde para escapar.

La casa se transformó en un caserío de dimensiones monumentales, bajo el prisma de mis ojos. La entrada principal se coronaba con un gran portón de madera; y casi de inmediato apareció la visión de Frida, con sus vestimentas coloridas, cruzando por la puerta. ¡Ay, madre! Fue entonces cuando exploté en llanto. Sí, ella caminó por esta calle en la que ahora estábamos estacionados. Mi marido me ayudó a salir del coche y me sentó en mi silla de ruedas hecha un flan. E inmediatamente nos pusimos en la cola, al final de unas veinte personas. Claro está, esa ridícula cola, se fusionó con mi desconsuelo y en vez de aguardar su turno veinte personas se multiplicaron por cuarenta. ¡Qué calor que está haciendo! Noto la mano de mi marido tocándome el hombro, ¿quieres que te ponga la chaqueta? –me dice. Alzo la mirada hacia él. Pienso que debe estar loco, hace mucho calor, pero la visión de la gente y sus mangas largas me hace replantear que la única que ha perdido la cordura soy yo. Oye voy a ver si me adelanto y puedo comprar las entradas. Y así preguntaré cómo está la cosa para la silla de ruedas ¿puedes quedarte un momento sola? –me dice. Inesperadamente los latidos de mi corazón vuelven a trotar enloquecidos y gritan ¡noo, por favor! Pero mi voz apenas susurra un sí. Pili se fuerte, ánimo, tú puedes, me digo en silencio. Mientras, veo zizaquear entre la gente su delgada figura bajo mi húmeda cara y oculto la vergüenza.

- Pili eres fuerte, ánimo, tú puedes –me dice, tocándome el hombro,
una voz femenina, la cual deja arrastrar las s.
Lo primero que veo es el final de su falda floreada y chillona, es tan larga que sus zapatos permanecen ocultos. También me doy cuenta que lleva un bastón de madera algo vasto. Noto un perfume imposible de describir, quizás diré que su figura emana un olor a añejo. El perfume me envuelve y por pura curiosidad voy subiendo la vista hasta topar con su cintura, cubierta por una blusa de terciopelo rojo y ribeteada de color oro. Mi pulso entra en un estado imposible y pienso que actualmente la Frida manía está a la orden del día en todo el mundo; si a esto le sumas que estás en México en el año de su centenario perfectamente puedes descubrir una Frida a tu lado. Este pensamiento tranquiliza mi estado.
- ¡Levanta la cara y mírame! No puedo agacharme para estar a tu nivel –me dice esa voz cálida, pero segura.
No sé, pero hay algo en su tono de voz que me hace obedecer y veo… ¡un fantasma! ¡Dios, estoy delirando!, me habré tocado de la cabeza. Grito a mi marido, pero en la garganta se ahoga mi voz; apenas sale sonido y nadie da la vuelta. Me enjugo los ojos con los puños, pero esta figura singular aún persiste inmóvil a mi lado.
- No intentes llamar a nadie –me aconseja la farsante- Nadie te va a creer.
Al mirar los ojos de la mujer, sus rasgos algo indígenas, el vello de su entrecejo, su cabello negrísimo en un trenzado casi imposible. Su cuello está adornado con tres cadenas de las cuales bailan varias piezas de imitación precolombinas. De sus de dos orejas cuelga, con la misma gracia que lo haría en el rostro de una quinceañera, dos grandes pendientes de aro. Su boca es como un carnaval de contrariedades: la gruesa pelusilla que le cubre la parte del bigote contrasta peligrosamente con el rojo seductor del los labios. El carrusel de sensaciones que estaba danzando sin control, se ha detenido en seco.
- Nadie me ve –me dice mientras me clava su mirada mística y
penetrante-. Nadie me ve. Sólo tú, chaparrita –dice Frida.
Siempre jugaba a imaginarme como sería mi entrada en la casa de Frida. Un momento triunfal, donde los colores tristes de mi falda larga se mezclarán y conjugarán en armonía con los alegres colores de la casa y de sus cuadros. Me imaginaba una entrada húmeda de lágrimas y caliente de corazón. Me imaginaba eso y mucho más. Pero esto no. Esto es imposible ¡esto, jamás puede pasar! Frida me regala una sonrisa, de aquellas que son curativas y cercanas. Y como suele pasar cuando estas a punto de descender en una bajada casi mortal de una montaña rusa, entro en estado de shock. Mis adentros se inmovilizan hasta límites en las que ni sé cómo me llamo. No sé si tengo ganas de llorar, de reír o de salir corriendo de allí. Sí, tengo ganas de tocarla, de olerla, de escucharla y de no despertar de este sueño, pero creo que debo de estar delirando. Levanto la mano casi a cámara lenta, pero con miedo de que Frida se funda en el aire y desaparezca para siempre de mi ensoñación. Toco su mano, su piel morena y el fino lacado de sus uñas. Se me escapa una lágrima, corre rozando por mi cara. Pero al llegar a la base de la barbilla, Frida con la palma de su mano la rescata atrapándola en el puño. Me mira y me guiña el ojo. Abre el puño y con la yema de un dedo de su otra mano captura mi lágrima y se la acomoda en su mejilla. Cristalina y brillante, al igual que los diamantes disfrazados entre las rocas, se acomoda en su piel como si fuera un lunar.
- ¡Mira Pili! –me dice Benet- ya tengo las entradas. He visto un trozo
de jardín. ¡Uy! Te va a encantar.
Miro a mi marido con la piel del rostro salada y húmeda a causa del llanto; miro a Frida con mi esperanza intacta. Y no me extraña que ni Benet ni el resto del mundo no la vean, no sé por qué, pero ni me extraña ni me importa. Como una simple polichinela le contesto a Benet que sí, que seguro que me va a gustar. Entonces él, traspasando la figura de la pintora se coloca detrás de mi silla de ruedas. Yo miro a Frida implorándole una respuesta, ¿cómo es posible que yo pueda sentir el calor de su piel y mi marido prácticamente la haya traspasado y no se haya ni inmutado? Ella parece captarlo de inmediato.
- Ya te he dicho que sólo me ves tú – dice pausadamente- Tú tienes
esa luz interior mágica. Si quieres siempre podrás ver lo que deseas.
La vuelvo a mirar, esta vez diferente. Con una mirada de luna llena, y con el alma bañada de dicha. Mi sonrisa le agradece el que esté conmigo, y mis ojos también. La cola avanza lentamente, Benet, Frida y yo también avanzamos. Deseo hablar con esta mexicanita de trenzas color noches pero no me atrevo, seguramente mi marido y el resto de la gente aquí presente pensaría que estoy para que me encierren.
- Sabes… -me dice Frida-. En esta casa pase temporadas torturada
por un dolor inaguantable, épocas en que me sentía como un ave en una jaula. Sobretodo me sentía encarcelada en aquel chingo corsé de yeso.
Me quedo sin decir palabra, sin saber cual frase sería la frase de animó correcta. Yo, una fan como ninguna otra. Yo que me había leído su vida más de mil veces… Yo no sabía que respónderle.


Continuará...

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