Breve Biografía

Breve Biografía
Nací en el 1973 en Barcelona y soy una apasionada de la literatura y del arte.
Hice clases de técnica de novela y cuento en Aula de Lletres de Barcelona y un curso de Producción Editorial. Así, como cursillos de Modernidad y Posmodernidad en la literatura, Realismo Mágico...
En la actualidad estoy en ASDI (centro para disminuidos), y realizo un curso de Escritura Creativa en http://www.yoquieroescribir.com/
Tengo un libro de cuentos titulado "En el aura de los versos".

Creo que cuando la levedad toca su límite y carece de todo peso, se vuelve insostenible. O sea, que la levedad se hace más pesada que el propio peso. Es cuando se transforma en PESO, y es ahí donde nace la locura.
Para contactar:
kahlo07@hotmail.com

Frida y yo


El 18 de agosto del 2007 la ciudad de México amaneció con una melancolía en el cielo, amenazaba lluvia. Al levantarme, mi marido me besó y me preguntó si estaba preparada. Le miré, pero no pude decirle nada. Me asomé por el ventanal de mi hotel; la gente iba con manga larga pese a ser en verano. Alcé la vista: la ciudad estaba bajo mis pies; un largo suspiro inundó mi interior. Sabía que ese día iba a producirse magia. Algo sucedería en mi vida. O eso me imaginaba al menos. El coche en el cual viajábamos sorteaba el denso tráfico. Me acerqué y la punta de mi nariz se apoyó en el frío cristal. Por unos instantes me distraje mirando por la ventanilla cómo la gente hacía sus gestiones cotidianas. Pero al ver un cartel que indicaba la dirección en el cual se hallaba el Museo Frida Kahlo mis pulsaciones se aceleraron.

Creo que ya no estaba en mí cuando nuestro vehículo torció una esquina y entró en la calle Londres. Recuerdo que esa calle me la había inventado miles de veces en sueños. Inventado sí. Cuando no tenemos la imagen real de algo, nuestra tendencia innata es coger esa foto borrosa, darle unos retoques de imaginación y unas cuantas pinceladas de ilusión. ¡Perfecto! Ya la tenemos guardada en el disco duro de nuestra mente para rescatarla en días de apatía o tristeza. Pero mi imagen no correspondía con la realidad. La calle en donde estaba la Casa Azul era amplia y despejada; mientras que en la foto mental que llevaba guardada era chiquita como dicen los mexicanos. Pues a todo esto, el coche seguía avanzando y yo continuaba luchando con mis nervios. En ese momento, el conductor dice “estamos a escasos metros del museo” . Una vocecita interior me susurraba: “Pili, ahora que estas a tiempo, bájate del coche. Es posible que no superes esta tensión”, pero qué carajo, claro que la voy a aguantar. Claro que sí, me portaré como una mujerona… ni una lagrimita derramaré, así se habla. Que sí, ¡que te bajes ya!, me repetía mi lado malvado. ¡No! Y entre pelea y pelea conmigo mismo, la gran casa azul reposaba delante de nosotros. Me deshice como la mantequilla en pan caliente. Mi mirada se iba empañando y mi garganta estrangulaba mi razón. Estaba delante de la casa de Frida Kahlo y pensé: Ya es tarde para escapar.

La casa se transformó en un caserío de dimensiones monumentales, bajo el prisma de mis ojos. La entrada principal se coronaba con un gran portón de madera; y casi de inmediato apareció la visión de Frida, con sus vestimentas coloridas, cruzando por la puerta. ¡Ay, madre! Fue entonces cuando exploté en llanto. Sí, ella caminó por esta calle en la que ahora estábamos estacionados. Mi marido me ayudó a salir del coche y me sentó en mi silla de ruedas hecha un flan. E inmediatamente nos pusimos en la cola, al final de unas veinte personas. Claro está, esa ridícula cola, se fusionó con mi desconsuelo y en vez de aguardar su turno veinte personas se multiplicaron por cuarenta. ¡Qué calor que está haciendo! Noto la mano de mi marido tocándome el hombro, ¿quieres que te ponga la chaqueta? –me dice. Alzo la mirada hacia él. Pienso que debe estar loco, hace mucho calor, pero la visión de la gente y sus mangas largas me hace replantear que la única que ha perdido la cordura soy yo. Oye voy a ver si me adelanto y puedo comprar las entradas. Y así preguntaré cómo está la cosa para la silla de ruedas ¿puedes quedarte un momento sola? –me dice. Inesperadamente los latidos de mi corazón vuelven a trotar enloquecidos y gritan ¡noo, por favor! Pero mi voz apenas susurra un sí. Pili se fuerte, ánimo, tú puedes, me digo en silencio. Mientras, veo zizaquear entre la gente su delgada figura bajo mi húmeda cara y oculto la vergüenza.

- Pili eres fuerte, ánimo, tú puedes –me dice, tocándome el hombro,
una voz femenina, la cual deja arrastrar las s.
Lo primero que veo es el final de su falda floreada y chillona, es tan larga que sus zapatos permanecen ocultos. También me doy cuenta que lleva un bastón de madera algo vasto. Noto un perfume imposible de describir, quizás diré que su figura emana un olor a añejo. El perfume me envuelve y por pura curiosidad voy subiendo la vista hasta topar con su cintura, cubierta por una blusa de terciopelo rojo y ribeteada de color oro. Mi pulso entra en un estado imposible y pienso que actualmente la Frida manía está a la orden del día en todo el mundo; si a esto le sumas que estás en México en el año de su centenario perfectamente puedes descubrir una Frida a tu lado. Este pensamiento tranquiliza mi estado.
- ¡Levanta la cara y mírame! No puedo agacharme para estar a tu nivel –me dice esa voz cálida, pero segura.
No sé, pero hay algo en su tono de voz que me hace obedecer y veo… ¡un fantasma! ¡Dios, estoy delirando!, me habré tocado de la cabeza. Grito a mi marido, pero en la garganta se ahoga mi voz; apenas sale sonido y nadie da la vuelta. Me enjugo los ojos con los puños, pero esta figura singular aún persiste inmóvil a mi lado.
- No intentes llamar a nadie –me aconseja la farsante- Nadie te va a creer.
Al mirar los ojos de la mujer, sus rasgos algo indígenas, el vello de su entrecejo, su cabello negrísimo en un trenzado casi imposible. Su cuello está adornado con tres cadenas de las cuales bailan varias piezas de imitación precolombinas. De sus de dos orejas cuelga, con la misma gracia que lo haría en el rostro de una quinceañera, dos grandes pendientes de aro. Su boca es como un carnaval de contrariedades: la gruesa pelusilla que le cubre la parte del bigote contrasta peligrosamente con el rojo seductor del los labios. El carrusel de sensaciones que estaba danzando sin control, se ha detenido en seco.
- Nadie me ve –me dice mientras me clava su mirada mística y
penetrante-. Nadie me ve. Sólo tú, chaparrita –dice Frida.
Siempre jugaba a imaginarme como sería mi entrada en la casa de Frida. Un momento triunfal, donde los colores tristes de mi falda larga se mezclarán y conjugarán en armonía con los alegres colores de la casa y de sus cuadros. Me imaginaba una entrada húmeda de lágrimas y caliente de corazón. Me imaginaba eso y mucho más. Pero esto no. Esto es imposible ¡esto, jamás puede pasar! Frida me regala una sonrisa, de aquellas que son curativas y cercanas. Y como suele pasar cuando estas a punto de descender en una bajada casi mortal de una montaña rusa, entro en estado de shock. Mis adentros se inmovilizan hasta límites en las que ni sé cómo me llamo. No sé si tengo ganas de llorar, de reír o de salir corriendo de allí. Sí, tengo ganas de tocarla, de olerla, de escucharla y de no despertar de este sueño, pero creo que debo de estar delirando. Levanto la mano casi a cámara lenta, pero con miedo de que Frida se funda en el aire y desaparezca para siempre de mi ensoñación. Toco su mano, su piel morena y el fino lacado de sus uñas. Se me escapa una lágrima, corre rozando por mi cara. Pero al llegar a la base de la barbilla, Frida con la palma de su mano la rescata atrapándola en el puño. Me mira y me guiña el ojo. Abre el puño y con la yema de un dedo de su otra mano captura mi lágrima y se la acomoda en su mejilla. Cristalina y brillante, al igual que los diamantes disfrazados entre las rocas, se acomoda en su piel como si fuera un lunar.
- ¡Mira Pili! –me dice Benet- ya tengo las entradas. He visto un trozo
de jardín. ¡Uy! Te va a encantar.
Miro a mi marido con la piel del rostro salada y húmeda a causa del llanto; miro a Frida con mi esperanza intacta. Y no me extraña que ni Benet ni el resto del mundo no la vean, no sé por qué, pero ni me extraña ni me importa. Como una simple polichinela le contesto a Benet que sí, que seguro que me va a gustar. Entonces él, traspasando la figura de la pintora se coloca detrás de mi silla de ruedas. Yo miro a Frida implorándole una respuesta, ¿cómo es posible que yo pueda sentir el calor de su piel y mi marido prácticamente la haya traspasado y no se haya ni inmutado? Ella parece captarlo de inmediato.
- Ya te he dicho que sólo me ves tú – dice pausadamente- Tú tienes
esa luz interior mágica. Si quieres siempre podrás ver lo que deseas.
La vuelvo a mirar, esta vez diferente. Con una mirada de luna llena, y con el alma bañada de dicha. Mi sonrisa le agradece el que esté conmigo, y mis ojos también. La cola avanza lentamente, Benet, Frida y yo también avanzamos. Deseo hablar con esta mexicanita de trenzas color noches pero no me atrevo, seguramente mi marido y el resto de la gente aquí presente pensaría que estoy para que me encierren.
- Sabes… -me dice Frida-. En esta casa pase temporadas torturada
por un dolor inaguantable, épocas en que me sentía como un ave en una jaula. Sobretodo me sentía encarcelada en aquel chingo corsé de yeso.
Me quedo sin decir palabra, sin saber cual frase sería la frase de animó correcta. Yo, una fan como ninguna otra. Yo que me había leído su vida más de mil veces… Yo no sabía que respónderle.


Continuará...

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