CUANDO LA MÚSICA SE REBELA 

Aquella mañana de marzo cayó una nevada en Baden Baden que lo cubrió todo como un velo satinado. Bajo aquel manto blanco, vivía una ciudad conmocionada por una muerte inesperada, la de su compositor más universal, Joseph Von Win. Murió en su concierto de despedida. Entre movimientos enérgicos, en la pieza final, su vida se apagó entre música y aplausos emocionados del público. Von Win se desplomó sobre la orquesta, quedándole la cabeza inerte dentro de la boca del gran trombón. Tras gritos de sorpresa y de angustia, la sala quedó en un largo silencio. El compositor tenía sólo cuarenta y tres años y una vida agitada a sus espaldas.

 

Desde muy pequeño, antes de que diera sus primeros pasos, Joseph pasó del sonajero a tocar las teclas del piano, quedando hipnotizado por su sonido. Ese viejo y monstruoso piano, desde la muerte de su bisabuelo, yacía moribundo bajo una sabana polvorienta, en el salón apartado. Los padres de Joseph, mucho antes de tenerlo a él, querían tirarlo o regalarlo pero los deberes diarios de ambos ayudaron al olvido y por consecuencia al abandono del instrumento. Pero por suerte, Joseph hizo de él su juguete preferido, tocando sonidos atronadores ocasionando una desbandada en la casa. Su madre desesperada subía a la alcoba, su padre salía a menudo de casa y los pobres criados se taponaban los oídos con cera de velas. El niño decía que cada nota que salía de aquel viejo instrumento penetraba por los poros de su piel, fluía a través de la sangre hasta que llegaba al cerebro. Allí, las notas se comprimían con las emociones, los sueños y la razón. Y entonces salían al exterior y danzaban sobre su cabeza. El niño lo había explicado en muchas ocasiones pero sus padres se reían pensando en que eran fantasías. El pequeño sufría por ese hecho pero al rato se sumergía en el piano y poco le importaban las burlas. Y muchos años después ese ruido se convirtió en melodía. Y en éxito. A los catorce años había ingresado en el conservatorio y ya tocaba con suma perfección el piano, la flauta y el violonchelo. A los veinte ya tocó en el teatro de Baden Baden y a los treinta ya era un compositor aclamado.

 

En su vida privada, Joseph había tenido algunas aventuras con bailarinas de cuerpo esbelto y cerebro insulso. Pero tras unas tardes de amor aburrido, el compositor las dejaba sin piedad. En lo profesional, fue subiendo peldaños en su escalafon personal y a los pocos años ya dirigía su propia orquesta. Las grandes capitales lo reclamaban y precisamente fue en París donde la conoció. Yvette, era una hembra de muslos poderosos enfundados en medias de rejilla, melena color fuego y mirada felina. Von Win quedó eclipsado con los movimientos sinuosos de la bailarina. En las noches que siguieron, el compositor fue a verla bailar al Moulin Rouge. Después de algunas copas en la medianoche, se revolcaban en una mugrienta cama de un hotelucho y hasta la salida del sol no se dormían. Pasaron muchos meses así. Joseph vivía con un pie entre su Baden Baden natal y ese París burbujeante de lujuria, hasta que sus encargos profesionales lo alejaron de aquella ciudad. Pero ni sumido en las más suaves melodías, el compositor no podía dejar de pensar en Yvette galopando encima de él, en aquellas madrugadas parisinas. Entonces, una noche, él le ofreció matrimonio. La pareja se fue a vivir a Viena, la capital del vals.

 

El cambio de vida fue difícil para Yvette. Pasar de tener un trabajo nocturno sin tabúes, a ser la esposa de un gran compositor y codearse con lo más selecto de la burguesía, le supuso incomodidad y algunas lágrimas. Tuvo que corregir su vocabulario de barrio por uno más refinado, esa ligereza que tenía al bailar desapareció por completo y aprendió a no quejarse de las estrecheces de sus vestidos de gala. Allí, aparecieron de nuevo las migrañas de Joseph y eso la preocupó. Cada vez que padecía uno de aquellos dolores se encerraba en su despacho y no salía de él pasadas algunas horas. Joseph consultó a muchos especialistas, ninguno le encontró nada. Él compositor siempre estuvo convencido de la misma idea: que en el cerebro se acumulaban notas y notas y hacían tanto ruido y tantas melodías sonaban al mismo tiempo que Joseph enloquecía de dolor. Por lo contrario, la vida de casado le había otorgado estabilidad emocional, aunque las noches continuaban de puro fuego. Era feliz, todo lo contrario de que su esposa Yvette. Y así pasaron dos años hasta que una noche, asustada por los aullidos de dolor, entró en el despacho. La escena que presenció fue grotesca. Parecía que por el despacho había pasado un ejercito. Partituras y papeles estaban por los suelos y las sillas y la mesa estaban tumbadas. Pero lo que a Yvette le causó pavor fue ver como alrededor de su marido danzaba una notas enloquecidas.

-¡Endemoniado! –Le gritó cerrando la puerta tras de sí.

Después de aquella noche, el señor Von Win quiso hablar con su esposa pero no hubo forma que entendiera que esto le ocurría desde pequeño. Pero Yvette insistía que era cosa del demonio. Y así, una mañana despertó sólo en la cama de matrimonio.

Pasaron los meses, los años. No tuvo nunca más noticia alguna de Yvette. Algunos rumores apuntaban en que había vuelto a Paris y que ahora era una gran madame del Moulin Rouge. Joseph visitó a los neurólogos más importantes del planeta pero ninguno le observó nada anormal. En el plano profesional cosechó éxito tras éxito. Su orquesta alegró las salas más importantes del mundo. Y en lo personal, por aquellos años, tuvo una multitud de amantes pero todas fueron compañeras de una sola noche. Tras una vida libertina y de lujos desmedidos, una mañana lluviosa de abril conoció a Gina y le dio la sensación que su vida sentimental daba un giro radical. Ella se presentó a una audición con la funda de su violín en una mano, su bolso de piel blanca y los labios maquillados de rosa pálido. La chica estuvo esperando, junto a otros aspirantes, a que le tocará su turno; en la hora que estuvo allí, Von Win no le sacó ojos de encima. Cuando el aburrimiento se estaba apoderando de ella, oyó su nombre y decidida se situó delante de él y desenfundó su violín. Gina no tocó el instrumento, lo acarició. Lo hacía cantar con voz de niño triste, llorar como un padre resignado. El compositor creyó sentir el palpitar de la chica al mismo ritmo que aquel violín. Y como fue lógico, a la media hora ya estaba aceptada en su orquesta.

 

Su noviazgo fue tan suave como un atardecer otoñal. Las tardes fueron cálidas, las noches eran tiernas. Joseph nunca fue tan feliz como con Gina. A los pocos meses, la violinista ya vivía con él. Había una perfecta sintonía entre los dos. Pasaban las veladas junto a la chimenea, ella tocaba el violín primorosamente y después hacían el amor. A los nueve meses nació Egon, un bebe sonrosado de dedos de pianista y con semblante serio. La familia vivían en perfecta sintonía y hubieran sido completamente felices a no ser por que al compositor cada vez parecía de más ataques de migrañas. Por el otro lado, el pequeño Egon creció con la música susurrandole a los oídos. A los pocos años, ya tocaba el piano mucho mejor de que lo hacía su padre a su edad. Gina pasaba las veladas acariciando el violín, mientras su hijo le acompañaba al piano. Veladas bucólicas pero terribles para el compositor. Los dolores crecían en proporción con el talento de su hijo. En una ocasión los gritos fueron tan desgarradores que Gina corrió a su despacho. Lo encontró en el suelo, moviéndose como un insecto agonizante alrededor de unas notas bailarinas. Pero Gina pareció no percatarse de ellas. Entre quejidos, Joseph le contó la verdad a su esposa de las migrañas. Y que las notas que tocaba Egon le producía un colapso mental. Le quedaba poco de vida y mejor que fuera así. Pero antes quería dar su último concierto. El de despedida. El desconsuelo de Gina rebotó por todas las paredes de la casa.

 

El cementerio de Baden Baden estaba lleno de lamentos y suspiros. Los copos de nieve habían formado una capa esponjosa sobre el ataúd de Joseph Von Win, el compositor más importante. Su muerte temprana fue a consecuencia de un ataque cerebral, en opinión de los médicos. Pero Gina sabía que no. Y fue la única que se dio cuenta que por las bisagras del ataúd, que estaba el cuerpo de su esposo, se escapan las notas formando un Miserere que cubrió el cementerio. Luego las notas se evaporaron y desaparecieron. Ese cuerpo ya no le pertenecería.

 

Pili Egea

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