Claqué y el león herido

La aventura de Claqué sucedió hace muchos años, cuando el hombre empezó a destruir la naturaleza y los glaciares  a deshacerse. Justo ahí, vivía Claqué, un gracioso pingüino de plumitas grises, suaves como pétalos de rosa y blandito como la nata.

 

Un día al caer el sol entre los rascacielos de hielo, Claqué y su familia se prepararon  para pasar la noche, ¡algo imprevisto y horrible sucedió! Un gran estruendo tembló bajo sus patitas y una enorme grieta separó el hielo. Claqué se quedó solo en el lado izquierdo, mientras sus papás se llevaban las alitas a la cabeza.

–¡Oh, no! Nuestro pequeño –exclamaron.

–¡Mami, mami, ayúdame! –lloró Claqué, tiritando de miedo.

Claqué era tan chiquitín que aún no sabía nadar. Si su familia decidía ir a buscarlo para cruzarlo a nado, sobre su espalda, Claqué podría resbalar y ahogarse. Decidieron retirarse para buscar la mejor alternativa de salvación. Mamá pingüino se despidió con lágrimas de cristal, prometiéndole que pronto volverían. El animalito se sentó, se vio reflejado en el agua y durmió acompañado por una gran luna que iluminaba la noche. 

 

Claqué se despertó con los copos de nieve acariciándole las plumitas. Abrió los botones de sus ojos y un gran bostezo provocó que su cuerpo se estremeciera al sentir otro temblor. Pensó que la tierra volvería a abrirse. ¡Plof, plof, plof! Giró sobre sus patitas y asustado lo vio. Un gigantesco león marino con una boca feroz venía hacia él. El pingüino retrocedió para huir, pero lo descartó. Los pingüinos tienen el andar torpe. Cuando la enorme fiera estuvo cerca, Claqué le vio un arpón clavado en la atleta.

–¡Ohh, estás herido!

–Sí, pero no te importe –contestó con voz de trueno–. He venido a desayunarte.

–¿Qué te ha pasado?

–Hace unos días un barco de pescadores, me tiró un arpón y me quedó clavado. Pude escapar, pero no sacármelo.

El pequeño Claqué le contó su triste aventura y, por primera vez, el león marino, sintió pena por alguien. Pensó que con el arpón clavado, su herida no sanaría y moriría. Claqué estaba perdiendo  la esperanza de volver a ver a sus papás. De repente, tuvo una gran idea.

–¡Tengo un plan!

El león marino levantó una ceja con incredulidad y movió los largos bigotes.

–Puedo subirme en tu aleta y sacártelo. Tú cruzarme al otro lado. ¿Lo intentamos? –Dijo Claqué.

No tenían nada que perder, lo habían perdido todo. Ahora solo podían ganar.

 

Claqué aspiró con fuerza, se lanzó y consiguió subirse cogiéndose de los bigotes del león marino. El pingüino estiró, estiró y estiró del arpón, pero él era demasiado pequeñito para poder sacarlo. El león marino, muy sabiamente, le preguntó por su mamá. A Claqué le pasaron las imágenes por su mente: mamá acunándolo entre sus alas, papá ayudándolo para que no cayera en sus primeros pasitos, ambos alimentándolo, los juegos con sus hermanos ... Unas gruesas lágrimas cayeron de sus ojos y con unas energías desconocidas, ¡zaaas! Logró desclavarlo.

–¡Yujú, yujú! –Gritó de alegría el león marino–. ¡Agárrate que nos vamos!

Mientras cruzaban los dos gigantescos bloques de hielo, el pingüino dijo:

–¡Tú me haces volar! –Su voz se multiplicó en un bello eco.

 

Pasaron muchos años, Claqué y su familia vivieron con el león marino. El deseo de todos era que los seres humanos dejaran de destruir el planeta. Y de aquella aventura, el pingüino aprendió dos cosas: que no se tiene que juzgar por las apariencias y que la valentía nace del corazón.

 

Pili Egea

Ilustracción: Nataly Aros Plaza

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