El señor

Secador de Manos

Me llamo Borja y como buen sagitario amo la libertad. Pensaba que para volar se necesitaba haber nacido con ellas, pero con Martín Sergei descubrí que no era así. Yo era igual que los miles de chicos que viven en las ciudades. Aburrido de tenerlo todo, sentía que no tenía nada; podía irme con mis amigos cuando quisiera, jugaba al fútbol y me metía en el mar sin ayuda de nadie. Y aun así, me parecía que dentro de mí había una cueva vacía. Martín Sergei y el señor Secador de Manos me enseñaron que la imaginación es la mejor amiga de la libertad. Durante tiempo, he sido su monitor en los casales de verano y fue allí donde viví una aventura difícil de olvidar.

 

Aquel día, me suelta:

–¡Qué complicado es vivir en el mundo de los adultos cuando eres uno de ellos!

–¡Martín, si tú no eres adulto! –le digo sorprendido.

–Ya lo sé, Borja –me dice con ojitos que parecen estrellas.– Te veo cansado. Te aconsejo que llenes de gasolina tu imaginación y que vuelvas a ser niño como yo.  

Mi boca formó una gran "O" y no supe contestarle. ¿Cómo un niño tan pequeño puede saber mis inquietudes? Las ideas de Martín Sergei eran grandes, pero sus manos, sus piernas, su nariz e incluso su silla de ruedas son muy pequeñas. ¡Sus gafas son tan menudas que rozan con ser una pieza del museo de miniaturas!

–Como veo que te he dejado sin palabras, acompáñame al lavabo –me exige haciendo rodar su sillita de divertidos colores.

Algo cansado, le empujé en su silla de ruedas... No le pregunté si tenía pipí, sabía que no quería hacerlo. Seguro que Martín Sergei quería hacer una visita al señor Secador de Manos. El aparato era como un monstruo dormido, un personaje de dibujos animados al que los años le habían quitado el color blanco y el brillo.

–¡Borja, corre, corre más! –El pequeño daba palmitas como si fuese a celebrar un cumpleaños.

¡Y ya estamos frente al señor Secador! Sabía lo que el niño haría a continuación: Se lavaría cuidadosamente las manos, me diría que lo acercara al aparato, me sugeriría que lo activara un par de veces y acto seguido, Martín Sergei, se sentiría más seguro y colocaría sus manitas bajo el señor Secador de Manos.

–¡Borja, actívalo! Ya verás...

¡Uff, otra vez! Me mojo las manos, me pongo jabón, me las froto y me las aclaró. ¡Qué aburrimiento! Miro al pequeño. Me está moviendo la cabeza de arriba a abajo y coloca sus manos, junto a las mías, debajo de la boca de aire de señor Secador de Manos. De repente, un ruido. El aparato empieza a soplar aire en nuestra piel.

–¡Sí, sí! –grita de felicidad el niño con los ojos cerrados.– ¡Ahora volaré!

Nuestros dedos bailan al ritmo del aire y en la cara del pequeño se ha dibujado una espléndida sonrisa. Es tanta su felicidad que me atrevo a cerrar los ojos también. Le cojo una de sus manitas. Mientras, el aire nos acaricia las mejillas.

–¡Borja, estamos volando! -grita el pequeño.– ¡Wooo!

 

A Martín Sergei le nacieron dos alas diminutas en la espalda y a mí también, pero más grandes. Nos elevamos, salimos por la ventana y volamos alto ¡muy alto! Tan alto... ¡Hicimos virajes imposibles en el cielo, mi pequeño amigo cazó una nube, entre los dos la transformamos en el señor Secador de Manos y le pintamos una gran sonrisa roja! Orgullosos de nuestro trabajo, en una carrera voladora bajamos hacia el inmenso espejo del mar. La espuma de las olas nos acarició los pies y Martí Sergei las cabalgó sobre el lomo de un simpático delfín. Seguimos así durante un rato hasta que abrí los ojos.

 

El pequeño todavía continuaba con los ojos cerrados y sus manitas volando con el aire del señor Secador de Manos. Supuse que seguiría imaginándose que estaba jugando con el delfín. Y supe que con la imaginación todo se puede conseguir... Ya nunca más me aburriría, cerraría los ojos y pintaría las nubes junto a Martín Sergei.

 

Pili Egea

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