El poeta y Rodas

Aquella tarde de agosto fue plomiza, pero la brisa danzaba deliciosamente entre las rocas del mar Mediterráneo. El tenue sol empezaba a dormirse en el horizonte. El poeta y el pintor estaban concentrados escribiendo un manifiesto. En un momento dado el poeta observo, con su mirada melancólica, al pintor y éste le hizo reír poniendo caras desaforadas. El poeta se frotó enérgicamente los brazos, el pintor se levanto de su silla y en un gesto cariñoso acompañó a su amigo hacía dentro de la casa. Era el año 1.929.

           

En un pueblecito de Granada, cuyo nombre es imposible pronunciar, nació Rodas. Sucedió una tarde ventosa, los gritos de parto de la mujer rasgaron el aire. Y así, Rodas vino al mundo en la calma de las aguas mansas de la parturienta. Su madre era una mujer de carne y hueso con ideas de mariposa y alas de gorrión. El padre, un ferretero famoso, era un hombre de metal y piel humana, pero su carácter contrastaba con el de su esposa; él era muy terrenal. Y como es lógico en estos casos, Rodas nació con similitudes de los dos. A las dos horas de esa llegada, cuando el matrimonio aun estaba extasiado con su pequeña Rodas, un nuevo llanto rompía el silencio de los valles de toda Granada: los vecinos de la pequeña habían tenido un varón. Había llegado al mundo un niño de piel aceituna, ojos tristes y una piernecita ligeramente más corta. Era el junio del 1.898.

 

La infancia de Rodas fue distinta a la del resto de los niños. Su desarrollo fue un tanto peculiar. En lugar de crecerle pies y brazos, le brotaron unas ruedas y unos reposapiés. Su cuerpo se dobló en forma de cuatro, adaptándose así a sus extremidades. También de sus ruedas surgieron dos alas de gorrión, herencia de los ensueños de su madre. Pronto empezó a rodar cogida de sus padres, y el cariño que le daban éstos le sirvió, al menos por algún tiempo, para no darse cuenta de las diferencias que la separaban de los demás niños. Mientras tanto, en la casa de al lado, al niño de los ojos tristes le creció el pelo, le nacieron los dientes y dio sus primeros pasitos como cualquier crío de su misma edad. Pero la naturaleza siguió su inexorable paso por el tiempo dándoles a los dos niños cualidades distintas. Rodas, en la rutina de su vida, se cercioró de los cambios que su cuerpo hacia. Su físico se había transformado en silla y no entendía el por qué. E incluso, un día, en un acto de valentía se lo preguntó a su madre: Hija, la naturaleza es muy sabia… Seguro que eres así porqué tendrás una misión concreta en este mundo –le explicó. Eso hizo de Rodas una adolescente acomplejada y solitaria. Por otra parte, el niño de piel aceituna adquirió una personalidad profunda e idealista. Poco pudo compartir con los demás niños, puesto que siempre hacían juegos donde se requería habilidad física.

           

Un día de un año cualquiera Rodas se sorprendió espiando a su vecino, detrás de una arboleda. Y ese día le sucedió a otro y éste a otro, hasta que se le hizo una necesidad tan grande que no había ningún minuto que no saliera al aire libre para observarlo. Pero a Rodas Io que más le gustaba era verlo por las noches; él salía a la fresca y meditaba mirando a la luna, después escribía en unas hojas. ¿Si pudiera, por un instante, ver esa mirada? ¿Qué escribirá en esos papeles? –pensó la joven. Un día cuando estaba en medio de aquel crepúsculo, a la espera de que saliera él, alzó la vista y se puso a mirar la copa de un árbol. En una ramita se movió algo, sería un pájaro. De sus delirios de amor le floreció la feliz idea. ¿Qué perspectiva tendrán los pájaros desde allí arriba? Desde la copa del árbol podré ver lo que escribe él –reflexionó–. Si yo pudiera volar. ¿Pájaro? ¿Alas? ¿Árbol? ¡Volar! Claro, como no lo había pensado antes… Y Rodas lo intentó. Empezó a agitar sus alitas una y otra vez hasta que el cansancio la agotó.

 

Los años pasaron y con ellos muchos cambios. Su padre prosperó en el negocio del hierro y, por eso, decidió que sería bueno trasladarse a vivir a la capital. Al enterarse de la intención de sus padres, a Rodas no le supuso ningún sobresalto, desde que sus vecinos habían abandonado el pueblo, hacía algunos años, no era la misma. Una profunda languidez se había adueñado de ella y apenas rodaba. Desde hacía más de un año, al salir de su casa sólo veía oscuridad y nostalgia, porqué sin él no valía la pena seguir. Una noche, el abatimiento y la soledad  hicieron que interrogará a la luna: Luna, dime ¿donde está? Yo sé, que esté donde esté, él estará contigo. ¡Dímelo! Pero la desdichada, sólo obtuvo el silencio como respuesta. Fue así como Rodas se desentendió del mundo. 

           

Pero como la vida está llena de sorpresas, la de esta adolescente infeliz cambió. Y no sólo por trasladarse de un pueblo a una gran ciudad, como era Granada, no. Su ánimo cambió por unas de esas casualidades con que el destino te premia. Un día como otro de tantos, Rodas salió de su casa con el desanimo de siempre. Rodó distraída por la explanada de tierra. Pese a que el cielo era de plomo, el aire era una brisa de purpurina que acariciaba los radios de sus ruedas, cuando se detuvo al escuchar un tintineo de risas y de susurros. Se acercó rodando, poco a pocos, hacia los sonidos y escondida entre los arbustos lo vio. No se lo podía ni creer pero… ¡Era él! Se frotó los ojos para ver con mayor claridad. Sí, era el chico de mirada triste. Lo observo nerviosamente. Había ganado estatura y la piel fina de la barbilla estaba cubierta de un vello negrísimo. Todos los hierros del cuerpo de Rodas se estremecieron de ansiedad. Deseaba correr hacia él, sentarlo encima de ella y poder abrazarlo. La joven quería hacerlo pero se lo pensó mejor y se detuvo. Su antiguo vecino estaba agradablemente en compañía de un joven delgado de cara singular y su vergüenza podía más que el deseo de estrecharlo en sus reposa brazos. Por eso no lo hizo.

           

En una de esas noches en que relucían las estrellas en el manto cósmico del cielo, Rodas lo consiguió. El vuelo fue breve. Apenas logró mantenerse inmóvil en el aire, cuando cayó de bruces sobre la copa de un árbol y los pobres pájaros que reposaban en una rama, soltando un graznido alzaron el vuelo despavoridos. Con los reposapies, se agarró fuertemente a las ramas para no irse abajo. Separo las hojas con un sigilo premeditado y se puso a espiarlo a él y a su amigo. Y fue así como se enteró de que el joven de ojos tristes se había convertido en poeta. Poeta…

           

Rodas le sacó partido a eso de poder volar. Pues a donde iba el joven poeta, allí que lo perseguía, planeando a través de los cielos con elegancia de mariposa. Voló a Madrid, a Cadaqués y por toda Andalucía. Celebró todos los éxitos, premios y reconocimientos que tuvo el joven de mirada triste. También pasó ratos de angustia, dolor y lágrimas pero siempre en la distancia.

 

En todos aquellos años la pobre Rodas sólo fue una sombra invisible al lado del poeta. No podía pasar toda la vida de aquel modo. No. Día a día, se desesperaba más pensando en que tenía que darse a conocer. Y una noche se presentó la ocasión perfecta. El poeta estaba con unos amigos en un tablao flamenco charlando, cuando le pareció oír la inesperada noticia. Con esfuerzo agudizó el oído y lo escucho con toda claridad. Su querido poeta se iba a Nueva York. Inmediatamente Rodas sintió un desamparo muy doloroso; sus reposabrazos, reposapies, las ruedas y el sillín, hasta entonces jóvenes y firmes se transformaron en una amasijo insípido. Se sintió hundida y con las ruedas muy flácidas hasta que una feliz idea invadió todos engranajes de su cuerpo. Rodas había oído que New York se situaba al otro lado del mundo e imaginaba que el poeta iría allí en barco, lo que le supondría un viaje largo y agotador. Ella sabía volar –pensó Rodas. Si comiera frutos secos y otros alimentos con proteínas, durante algún un tiempo, quizás conseguirá las fuerzas necesarias para cruzar un océano. Sí, surcaría los cielos con el poeta en su regazo, así se daría cuenta de lo valiosa que era y se enamoraría de mí –reflexionó alegremente–. Pero, espera. El asunto no era tan sencillo. No valía con alimentarse de frutos secos durante unos días. Cabía la posibilidad de que el poeta se negase. Peor aún, se negase al ver el aspecto que tenía y le diese miedo. Después de pensarlo un buen rato, se decidió.

 

A la salida del tablao, al despedirse de los amigos, Rodas abordo al poeta en un callejón oscuro y sin salida. El poeta al verla se sobresaltó y retrocediendo unos pasos quiso gritar, pero la voz se le rompió en la garganta.

–¿Pero qué es… qué eso? –Dijo tropezándose con las palabras.

–No quiero hacerte daño. ¡No, por favor, no te marches! –Le imploró.

El poeta se quedo allí, paralizado sin saber que hacer, sin entender lo que veía. ¿Sería un ser humano o simplemente era un espejismo? –Quizás pensaría el chico. Se frotó la cara nervioso y, de nuevo, miró pero aquello aun seguía allí. Con voz trémula le preguntó quién era. Rodas le explicó, pacientemente y con una ternura infinita, la historia de su vida. Le contó que desde que nació siempre había vivido pendiente de él. Que su padre era hombre de metal y de piel y que su madre era una mujer de carne y hueso, pero de ideas de mariposa y con alas de gorrión. No era una mala deformación de nacimiento ni nada parecido, sólo había heredado todas las cualidades de sus padres. Y entre ellas estaba la de saber volar. También le dijo que lo sabía todo de él puesto que siempre lo había acompañado a todos los sitios. Pero siempre a escondidas. El poeta de mirada triste no daba crédito a lo que escuchaba y se acercó para examinarla mejor. Ladeó la cabeza, la observó, la tocó y la olió. A Rodas en vez de parecerle una falta de educación, sintió que  por todos los hierros de su cuerpo le recorría una llamarada de pasión. Y sin pensarlo, Rodas le ofreció acompañarlo en su viaje a New York. La joven lo llevaría volando. Al chico, la respuesta se resbaló de sus labios como un pez asustado.

 

En los días anteriores a la salida, Rodas preparó el viaje a conciencia. Hizo mucho ejercicio a base de acrobacias aéreas, llevó una estadística de los cambios de vientos e hizo una estricta dieta a base de carne, verduras y frutos secos. También engrasó los engranajes de su cuerpo haciendo un vuelo rasante por los olivos de Jaén. Entretanto el poeta pensaba que sería la locura más grande de su vida, pero lo iba hacer. A otros, por hacer un guión de cine raro, los llamaban genios –ironizó. No sabía que era aquello, no sabía porqué, pero confiaba en ella y si decía que sabía volar, sería verdad. Bueno, eso si podía llamarla ella. Total, tantos días viajando en barco, seguro que se marearía. Y eso de volar sería sensacional –se digo convenciéndose. En sus visitas esporádicas, Rodas y el poeta hicieron un planning de las paradas que iban hacer, donde comer y dormir. Pero ninguno de los dos abordó la pregunta más importante: ¿De qué manera iba a viajar el poeta? ¿Agarrado a sus ruedas? ¿A sus reposapiés? Por mucho que lo pensara no hallaba la solución. Rodas, por su parte lo tenía muy claro: su intención era que el poeta se sentará sobre ella y así poder realizar el viaje lo más cómodo posible. ¿Pero que pensaría él? Eran muchas la dudas que revoloteaban en sus cabezas pero Rodas se tomo la justicia por su mano.

           

Eran las fiestas de la ciudad y aquel día flotaba la magia en la atmósfera. La joven se sentía nerviosa, decidió dar un paseo para tomar aire y poder en orden sus ideas. Sea como fuera, el poeta se tenía que sentar sobre ella, no había otra manera mejor de viajar. Rodas  subió por una calle empinada que llevaba a una ciudad amurallada. No sabía el por qué, pero aquella construcción magnífica del siglo IX le daba tranquilidad. Sus elegantes arcos y piedra rojiza la hipnotizaron desde el primer día, hasta al punto de llegar al éxtasis espiritual. Rodó plácidamente por sus jardines admirando la belleza que la rodeaba, entró en el palacio y se asomó por uno de sus balcones. Observó la vista preciosa que inundaba sus ojos: jardines, estanques, una muralla serpenteando con una gracia viva todo el terreno. Salió y al recorrer el extraradio lo vio. Sí, era su querido poeta. Estaba llevaba un vaso y hablaba animadamente de pie con dos hombres. A Rodas se le aceleraron los muelles del cuerpo y, de nuevo, le visitaron las dudas. Miró la pendiente que hacia la calle y se le ocurrió una idea. Podría bajar a toda velocidad, directa hacia el poeta… Sería tan rápido que apenas, sin darse cuenta, ya estaría sentado sobre ella y en un pestañeo alzarían el vuelo –pensó con gran sonrisa. La intrépida Rodas salió del recinto toda decidida, entonces pensó que lo que iba a suceder a continuación quizás sería motivo de disputa. Pero le dio lo mismo, ya sería tarde para el poeta. La joven se situó en el punto más alto de la calle y friccionando sus cuatro ruedas en la tierra, espero que el poeta se pusiera de pie. Cuando se levantó, no se lo pensó dos veces. Quitó los dos frenos y se lanzó en una carrera vertiginosa. Las piedrecillas que encontraba en el camino hacia vibrar los radios y chillar los hierros de su cuerpo. El poeta cada vez estaba más cerca, ajeno a su destino. Uno de los hombres que estaba con él la vio bajar despavorida, y al pobre, del susto le saltaron los ojos de las órbitas y el bigote se le erizó como la cola de un gato malcriado. Rodas alzó un reposabrazos y agarro al poeta desprevenido, lo sentó sobre ella. Así, los dos juntos, despegaron el cielo azul.

 

Por un tiempo indeterminado, aferrado a la silla, el poeta no pudo reaccionar. Le costó pensar que había sido secuestrado por una silla con ruedas y alas. Bueno, la palabra secuestrado no sería la idónea. Él le había dado su consentimiento pero cogerle así… Por la retaguardia le parecía de lo más vergonzoso –pensó. El poeta se calló, no fuera a ser que aquella silla se enfadara e hiciera una maniobra fatal y cayera. Rodas seguía cogiendo más altura, agitando sus alitas orgullosa de su hazaña… Y enamoradísima.

–Si me he excedido, lo siento –le dijo Rodas I con una ternura extrema.

El poeta, del enfado pasó al embeleso. En un momento como éste el enfado no valdría la pena, por qué nada tendría significado. Miró hacía abajo, apenas distinguía las casas, una mancha verde cubría los valles y las montañas. Una tímida sonrisa se manifestó en el rostro del poeta. Pensó que esta singular experiencia le serviría para hacer el más bello de los poemas. Rodas al ver esa sonrisa, hizo virajes imposibles en el cielo y cuando cruzaron el océano, el poeta pilló un cachito de nube y de ella formó letras. Las letras se le fueron escapando de las manos, y estás, se transformaron en palabras. Suspendidas en el aire, empezaron a danzar apasionadamente. Su baile se detuvo al terminar la frase: “En la bandera de la libertad bordé el amor más grande de mi vida” y en ese momento fue el poeta de los ojos alegres.

 

El olor a sal marina le cosquilleó las fosas nasales y los primeros rayos solares del mediterráneo le acariciaron la piel. Fue abriendo los ojos y descubrió un cielo azul y claro a través de la ventana. Sonrío. Después de desperezarse, se levantó y se calzó las zapatillas. Alcanzó el batín y se lo puso. Salió de la habitación rumbo al cuarto de su amigo, la puerta estaba entreabierta. La cama deshecha hizo que el poeta bajará por unas escaleras y se encaminará hacía el estudio de su amigo. Suavemente, empujó la puerta y entró en un universo donde el surrealismo casaba en perfecta armonía con la rutina. Sigiloso se sentó en una silla de madera y mimbre. No le saludó porqué no quería cortarle la inspiración. Observó la silueta de su amigo. Era de complexión delgada y nerviosa, de mirada delirante y carácter peculiar. Pero lo que más llamaba la atención era su bigote tieso hacía arriba. Sí, su bigote… Sonrió el poeta.

-–¿Sabes? –le dice el poeta al pintor–. He soñado una historia que… Que era como un cuadro de los tuyos, surrealista. La podrías pintar.

Su amigo volviendo el rostro hacía el poeta.

–Cuéntamela… –le susurró.

 

 

Pili Egea 

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