El puente de Brooklyn 

New York ,1929

 

La boca del dragón llamado capitalismo vertió su vómito de fuego sobre toda la ciudad, quedando ahogada con brasas que olían a dólar inútil, a desespero, a abatimiento, a ruinas. Y en esa metrópoli quebrada y en bancarrota, el corazón de un poeta latía apasionado por la aventura pero desolado por los acontecimientos. Era el de Federico García Lorca. Desconcertado anduvo entre los gigantes estáticos de la ciudad, mientras el gentío corría a contracorriente. Por un momento el poeta no sabía que estaba haciendo en Harlem, en la Universidad de Columbia, por calles encalladas de dinero podrido.

¿Qué estaría buscando allí?

 

New York 2013

 

El olor a perrito caliente inunda las fosas nasales de los impacientes transeúntes, gente de pasos rápidos y decididos, con móviles en la oreja y café en mano. A mi silla de ruedas le cuesta hacerse un hueco en este gran hormiguero. Mi pareja que camina junto a mi vida, suda gotas de nerviosismo al empujar la silla en este tumulto de zapatos y tacones. Le regalo una de mis sonrisas tranquilizadoras y abrazo suavemente una edición de bolsillo de Poeta en Nueva York. Alzo la vista a la publicidad intermitente que invade Times Square y me pregunto que busco allí.

 

New York 1929

 

Por los rincones de la ciudad, el poeta se desgranó en versos y en cada paso se reinventa golpe de amores fortuitos. En cada lengua encontró lo que no buscaba, en cada risa inventó una vida, y en cada mirada se perdió en las noches, pero siempre resucitaba perdido en amaneceres de humo.

En las grandes avenidas recordó su infancia entre los olivos y caminó, recordó su juventud junto a aquel joven pintor y caminó, recordó Granada y su llanto hizo que las aceras se encharcaran de nostalgias. El poeta se deshacía bajo un cielo de pizarra pero se guió por sus pasos… Y siguió buscando.

 

New York, 2013

 

Por los rincones tropezamos con huellas invisibles y Poeta en Nueva York se me cae al suelo. La canícula llega con tanta fuerza a la ciudad que cuando el libro entra en contacto con el asfalto, la imagen de la portada se deshace. Capturo el libro y descubro a un Lorca deshecho por el calor, lloroso con lágrimas ardientes.
 

Mientras paseamos por la quinta avenida nos cruzamos con personas de lo más selectas de New York. Gucci, Tiffanys, Guess y un sinfín de tiendas de reputación aparecen ante nuestros ojos. Me imagino como sería aquella avenida cuando Federico García Lorca estuvo aquí, hace más de ochenta años. Abrazo el libro contra mi pecho y en el escote se me adhieren trocitos secos de la portada.

¿A dónde voy? ¿Qué busco?

 

New York 1929

 

En un día gris y frío, el poeta se puso a caminar durante horas hasta que llegó a Brooklyn. Cuando retiró la mirada del suelo descubrió una gran mole, era un hermoso puente. Lorca quedó absorto contemplando aquella construcción moderna y maravillosa. Su primer impulso fue encaminarse hacia el puente pero había caminado tantas horas que decidió sentarse en un banco. Tras un rato con la mente en blanco, se saca de bolsillo un papel y en él deja que broten las palabras: “Pero no hay olvido, ni sueño: carne viva. Los besos atan las bocas en una maraña de venas recientes y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso…”
 

El puente se erguía, delante del poeta, elegante e infinito. ¿Qué habría al final de la pasarela? ¿Qué sería de él en el futuro? Rompió el papel en mil pedazos que volaron por el aire. Cuando llegase a su habitación, ya volvería a escribirlos.

Se levantó y se encaminó hacía el puente, sus pasos fueron más seguros: anduvo en busca de un futuro.

 

New York, 2013

 

El taxi nos deja muy cerca del puente de Brooklyn. La inmensa mole que relucía bajo el sol aparece delante de nuestra mirada. El puente era como una gran colmena; abarrotada de curiosos turistas. Decidimos esperar en un banco que hay delante. Mientras mi pareja hacía fotos al paisaje y yo abrí el libro por una página escogida al azar, leí: “No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta! Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas. Pero no hay olvido, ni sueño: carne viva. Los besos atan las bocas en una maraña de venas recientes y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso”. Cierro el libro y lanzo un suspiro. Me pregunto si Federico García Lorca estuvo aquí mismo, contemplando el mismo puente.

 

Una nube viste de gris el paisaje y éste se vuelve en blanco y negro. Agudizo la vista y veo una figura solitaria cruzando el puente. Es un hombre, va de blanco, peinado hacia atrás y camina con paso seguro, detrás de él vuela una estela de poemas. Mi corazón da un vuelco. Apoyo mis manos en el reposabrazos de la silla, hago fuerza con mis piernas pero no consigo levantarme. El hombre va menguando por segundos mientras yo soy incapaz de ponerme en pie. De repente, impacta contra mi dos frases: no busques fuera, puesto que me hallo dentro de ti. Ya encontré mi futuro.

 

Mi pareja me toca despertándome. El puente de Brooklyn está más despejado, era la hora de transformarnos en turistas. Deposité el libro en el banco y nos fuimos; porque ya sabía dónde encontrar el poeta que estuvo en New York. Estaba en un rincón de mí.

 

Pili Egea 

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