El Regalo

Delirante, ausente pero bella. Estas palabras danzaban sin respiro en la mente de la escultora Camille Claudel. Apenas hacía unos minutos que las había pronunciado y ya le pesaban como una condena. El maestro Rodín un par de días antes le había anunciado: Me caso, Camille. Me empuja la sociedad a hacerlo. Tengo que hacerlo, sé que me comprenderás. Pero amor, podemos seguir siendo amantes –y ella no supo que contestarle. Dejó las herramientas de esculpir en el suelo y se sentó en una peana de mármol. Se frotó los ojos; delirante, ausente, pero bella –se repetía Camilla-¿Así me ve él? ¿Será este el motivo por el cual se casa con esa abuela? Si parece su madre… ¡Aja, su plan es ideal! Así tendrá una madre fiel en Casa y la diversión de una amante fuera. La escultora se tapó la boca para no dejar escapar una carcajada indiscreta. Con un impulso se levantó y con paso desafiante se acercó a Rodín.


– ¡Me marcho! Montaré mi propio estudio… -le soltó la escultora-. ¡Ah! Y otra cosa, señor Rodín… Muchas felicidades. Ya le haré llegar el regalo de bodas.

 

Camille alquiló un pequeño y oscuro habitáculo en Montmartre, un barrio bohemio de París. Fue allí donde realizó el regalo para Rodín y su futura esposa. Camille pasó los días picando un bloque de mármol y a la vez recordando los susurros de amor de su amante. Hacer el amor con Rodín era el acto más sagrado que había conocido. Picaba y lo recordaba. Ella lo leyó en un periódico: Auguste Rodín se casa el 29 de enero con la señora Rose Beuret. Lo recordaba y picaba con fuerza contra el bloque de mármol, ya lleno de brechas. Llamaban a la puerta y ella picaba, se hacía de noche y ella picaba, llegó la primavera y Camille picaba enferma de desesperación. Lloraba sin parar…

 

Después de varios meses de esculpir, y antes de ahogarse en sus propias lagrimas, Camille terminó la obra. Se trataba de una figura varonil y desnuda, era el foco de atención de la escultura. Un cuerpo demasiado prefecto para ser el del Rodín. A los pies del hombre, se hallaba el cuerpo femenino. Era el de una anciana surcada de arrugas, tirada a su suerte sobre un peñasco de rocas afiladas. Las mandíbulas eran como dos tenazas acechantes de la edad, sobre una red de nervios que vestía un cuello. Su cuerpo delgado y marchito era una invitación a la muerte. Pero lo que más le complacía, eran esos pechos caídos, decrépitos como uvas pasas. Soltó una carcajada vibrante.

Camille se asomó a la ventana con el abrigo desbaratado y la melena imposible. Las casas y las aceras estaban cubiertas de nieve en Montmartre. Pensó que ella había vivido un invierno así, junto al escultor. Miró el reloj de pie. Hacía una semana, la escultora había quedado con un amigo de Rodín. Estaría a punto de llegar. Le pidió que si podría llevarle un regalo a los recién casados. Él acepto. Camille agarró un lápiz y un trozo de papel. Escribió:

 

Queridos Sr. y Sra. Rodin:
Les felicito por su reciente compromiso.
Espero que les guste el presente.
Ha salido de mi corazón.

Camille Claudel

 

Guardó la nota en un sobre, lo cerró cuidadosamente y lo coloco encima de la figura de la decrépita anciana. Y se sentó a esperar con una sonrisa en los labios.

 

Pili Egea

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