La persistencia de la memoria

La suave brisa marina purificaba la estancia. En ella se encontraba el cerebro de un joven llamado Salvador Dalí que daba formas a sus locuras plásticas. Corría el año treinta y uno y la situación política española estaba agitada, pero eso a él parecía no importarle, cuando estaba en plena inspiración, la tierra se detenía. Sabía que había nacido para quedarse en la memoria colectiva del mundo. Sí, a él se lo recodaría así, como al padre del surrealismo, de ideas geniales y estrambóticas. Pero ese día se había levantado con jaqueca, los dolores le enturbiaban el juicio. “Quizás tengan razón” –recapacitó.

 

Los amigos y familiares coincidieron en que de sus jaquecas se debieran a los vahos invisibles que inhalaba de los productos químicos que le servían para pintar. Pero como la testarudez era la mejor aliada del pintor no le hizo flaquear en ninguna ocasión. Después de tomar unas tostadas de pan con queso, se sentó en su mesa de madera maciza y garabateó un reloj redondo de bolsillo. Agarró la hoja de papel, se puso de pie y salió a la terraza. Allí, inmediatamente, la brisa con sabor a salitre le pegó en la cara y refrescó sus sienes latentes por el dolor. Se acomodó en una silla y después de observar el reloj que había dibujado, estrujó el papel y dormitó al sol un buen rato. Al despertarse sintió una opresión en el cerebro. Se levantó con dificultad y con paso inseguro llegó al lavabo. Abrió el grifo y con las dos manos se refrescó la cara. Miró su imagen reflejada en el espejo, que aparecía distorsionada, pálida, casi fantasmal. “Algún día me tengo que pintar así, pero hoy no… ¡Cómo me duele la cabeza! ¡Ay!” –pensaba. Aún así, se imaginó con un bigote terminado en punta e indicando al norte, muy tieso. Estaría raro, quizás hasta surrealista. Sí, dejaría que los pelos de su bigote crecieran hasta conseguir una finísima enredadera. Cerró el grifo y se dio cuenta de que el papel en el que había dibujado el reloj de bolsillo estaba dentro del lavamanos. Sacó el papel arrugado y empapadísimo. Se dirigió al dormitorio y el papel escapó de su mano y cayó al suelo. Acto seguido, con los brazos en cruz, se dejó caer sobre la cama. A los minutos se cercioró de que se hallaba en una playa de arenas doradas y de aguas serenas. Fijó la vista hacia un punto en el mar: en la cresta de una ola inmóvil se ubicaba un pez; agonizante, coleteaba los espasmos de la muerte. La escena la coronaba una figura, suspendida en el aire, vestida de virgen. Con pasos emocionados se acercó hacia ella y no se sorprendió al ver el rostro de Gala decorado con una aureola de butifarras y oro. En la mano, blanca y pura, sostenía una pequeña replica de él mismo. El falso Dalí llevaba un reloj de bolsillo colgado de un codo. De repente, Salvador se despertó de la siesta con un sabor dulzón en la lengua. Las sienes absolutamente despejadas. Miró la hora; eran las siete menos cinco. Se levantó vital al sentirse liberado de esa cárcel espantosa que era la jaqueca. Dirigió sus pasos firmes a la cocina y por su cuerpo recorrió un rayo de felicidad al saber que estaba solo. Al salir de casa los periodistas lo acosaban con sus libretas y lápices, e incluso la gente de Port Lligat lo paraba por el pueblo y lo saludan de forma distinguida. Hacía tanto tiempo que no daba un paseo decente y sin incordios que le parecía que la palabra soledad era un significado más de su diccionario personal sobre el surrealismo.

 

Puesto que Gala había partido unos días de viaje, aprovechó aquel silencio del hogar que llenaba de plenitud su interior. Sobre el fogón reposaba una olla, Salvador se asomó a ella y al saber que era caldo de gallina se sirvió un plato. “Si este caldo fuera de pescado estaría mejor. Mucho mejor” –pensó Salvador. Entonces se acordó del pez agonizante del sueño y se dijo que no estaría mal pintarlo así. “Al fin y al cabo los sueños son una fuente inagotable de elementos surrealistas” –meditó. En su cuarto se tomó el caldo a sorbitos mientras daba un vistazo a algunos de sus bocetos. Ninguno le pareció lo suficiente bueno para llevarlo a cabo y los dejó de lado. Miró hacia la terraza y comprobó como el sol se escondía tímidamente detrás de la luna. Era un espectáculo maravilloso: todavía se acuerda de esos momentos de su infancia. Él y su hermana Ana correteando y jugando sin descanso por la arena de la playa de Cadaqués, sus ansias de vida parecían no tener límite. Sólo se detenían cuando el sol se mezclaba con el horizonte y los débiles destellos acariciaban las olas en colores púrpura. Eso era una de las pocas emociones que le quedaban de la niñez, el embeleso que le producían los colores de la naturaleza. Parpadeó un par de veces y volvió a la realidad de su cuarto. Dejó el plato en la mesilla y se sentó en la cama. Mientras se tiraba el cabello para atrás con manos intranquilas, pensaba en el indeseable pez. “¿Cómo? ¿Cómo podría pintar ese pez y en qué entorno? Salvador se tumbó perturbado por la idea. Era raro en él, pues las idea le llegaban a raudales como si fueran amantes llenos de anhelos desesperados. Recorrió, con la vista, la blanca pared en busca de alguna idea perdida pero fue cuando al llegar al suelo vio el papel arrugado. Se froto los ojos con los puños y los abrió bien. Miro el reloj que había dibujado: La tinta corrida, a causa del agua, se mostraba como desbordamientos de ríos bravíos; las arrugas del papel eran cordilleras y valles en duelo de montañas rusas. El dibujo se transformó en un ser animado de vida delirante. Cogió el papel con cuidado de no desdoblarlo. “Si un reloj tuviese esas curvas, el día y la noche serían más largos…” -meditaba el pintor-. “¡Eso! Si los relojes fueran moldeables podía haber días interminables, de esa manera controlar a nuestro atojo el tiempo”. Con pasos apresurados y el alma ardiente, Salvador se dispuso a ir a su estudio a trabajar. “¡Listo!” –pensó.

 

Tras dos días, sin apenas dormir, había finalizado su obra. En el cuadro aparecía una pequeña playa de aguas claras y arenas oscuras. Encima de un gran cajón había dos relojes, uno ovalado sin números y sin agujas y el otro parecían estar reptando por una pared de un cajón. A su lado un pobre tronco sin vida, sostenía en su única rama otro reloj, era tan blando que colgaba de ella como si fuera ropa tendida. Sobre la arena reposaba la cabeza de Dalí. Era larga y blanda, encima de ella había otro reloj. Retrocedió unos pasos-. “¡Genial! Lo titularé La persistencia de la memoria” –se digo. Se quedó contemplando el cuadro un buen rato hasta que el sueño lo venció y se fue a la cama. A abrir los ojos estaba en una playa de arena dorada y de agua serena. Salvador fijó la vista hacia un punto en el mar: en la cresta de una ola inmóvil se ubicaba una merluza que bailaba al son de una música alucinógena. Observó que en la arena había un ternero que daba clases de filosofía marina a un batallón de caballitos de mar. La escena la coronaba una figura, suspendida en el aire, vestida de virgen. Con pasos emocionados se acercó hacia ella y no se sorprendió al ver el rostro de Gala decorado con una aureola de butifarras y oro. En la mano, blanca y pura, colgaba un reloj blando pendulante. Estaba hipnotizando a un pequeño Dalí.

 

Estaba hipnotizando al mundo. 

 

Pili Egea

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