Gyms y el niño que lloró su nombre

El cachorro y sus hermanos nacieron de una linda perrita de pelo de nube y manchitas negras. Los cachorros se parecían a mamá, pero más juguetones. Les gustaba morder todo lo que encontraban en la calle, corrían detrás de las bicicletas y los patines... Vivían todos felices. Pero una noche, los truenos asustaron al pequeño cachorro que echó a correr sin control. Cuando despertó, estaba perdido. El pobre perrito buscó a su familia sin encontrarla. Aulló, aulló y aulló. La soledad le enseñó a ser valiente.

El perrito creció guapo y fuerte. Vivía con un grupo de perros, que como él, se habían perdido. Todos se querían: se lavaban los unos a los otros, se sacaban las pulgas, buscaban comida para repartirla y cuando veían a uno perdido acababa siendo uno de ellos.

 

Una tarde, husmeando por los rincones, vio a un niño llorando acurrucado en un portal. Con mucho cuidado, se acercó a él. Cuando estuvo a su lado se sentó en silencio, sin molestar hasta que el niño dejó de llorar y se marchó corriendo.

La escena se repitió al día siguiente, al otro y así pasaron los días. Una mañana le explicó al niño:

–Si sigues llorando, tus deseos se ahogarán entre tus lágrimas y desaparecerán.

El niño apartó las manos de la cara y dejó de llorar. Tenía la mirada triste de color avellana, unos mofletes rosados, húmedos...

–¿Por qué lloras? – dijo el perro.

–Mis compañeros se burlan de mí, me ponen bichos en la mochila, me tiran piedras. Soy el niño más triste del mundo –le contó.

–¡No, no! – contestó el perro– No puede ser, tienes que ser valiente. ¿Sabes lo que tienes que hacer?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En ese momento, el perro pensó que no sabía como se llamaba su nuevo amigo.

–¿Cómo te llamas?

–Mmm… No lo sé, creo que lloré mi nombre y lo perdí.

–Pues, hay que ponerte un nombre –le dijo pensativo–. Sabes, yo tampoco tenía nombre, pero un día, mi amigo y yo pasamos por aquel local en los que la gente se sube a una máquina para correr sin moverse, jajaja. En el cartel se leía “Gyms” ¡y así se decidió mi nombre! A partir de ese momento empecé a correr y a correr. Por eso creo que el nombre influye en el carácter.

–¡¡Quiero ser valiente!! – exclamó con seguridad, el niño.

El perro entornó los ojos pensando mil nombres.

–¡Jordi! Así te llamarás.

–¿Jordi?– dijo el niño con los ojos en blanco.

– Sí. Fue un caballero muy valiente que mató a un dragón tan grande como un edificio. Tenía una princesa encerrada en una torre y consiguió salvarla. Fue conocido como Sant Jordi.

 

Un atardecer, Jordi, de camino a casa se llevó un enorme susto. Un grupo de niños lo empujaron hasta un callejón sin salida. Tuvo miedo, iba solo y ellos eran cinco, si al menos estuviera Gyms aquí, pensó.

–¡Dame la mochila! –le gritó el jefe de la pandilla. Un coro de risas se oyeron.

–¡No, es mía! –Dijo Jordi con las piernas temblando.

–¡Dime un motivo para que no nos la llevarnos!

–Es que... Es que –contestó Jordi tartamudeando.

Sin embargo, los cinco niños intentaron cogerla por la fuerza.

–¡Cómo os acerquéis...! –Dijo Jordi enfadado–. ¡No sabéis la valentía que tiene mi nombre!

Y, ¡tachán! Los niños huyeron como si hubieran visto un fantasma. Jordi no podía creer que sus palabras hubiesen tenido tanto poder. Recordó a aquel caballero que había vencido al dragón y que siempre sería valiente. Supo que la valentía nace dentro de uno mismo.

 

Nunca supo, que en aquel atardecer, Gyms estaba cerca enseñando su afilada dentadura.

Pili Egea 

Ilustraciones: Nataly Aros Plaza

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