Instantes y eternidades

Todas las personas estamos creados

de instantes y eternidades.

¿Nacemos en un instante y morimos para una eternidad?

¿Instante? ¿Eternidad? Da igual... ¡Vida!

 

La eternidad nace en los alrededores de Granada.

 

En un pueblecito, cuyo nombre es imposible pronunciar, nació Federico Garcia Lorca. Sucedió una tarde ventosa, los gritos de parto de su madre rasgaron el aire, un llanto mas parecido a un lamento rompía el silencio de los valles verdes de toda Granada. Había llegado al mundo un niño de piel aceituna, ojos tristes y una piernecita ligeramente más corta. La vida de esos ojos llegaría a ver muchos instantes y una eternidad demasiado prematura.

 

El instante de la creación.

 

Al oír el chirrido de unos frenos, el poeta dejó el libro sobre el escritorio y se acercó a la ventana. Un vehículo se había detenido ante el portón de la Residencia de Estudiantes. De él bajó, un joven esbelto. Vestía una chaqueta de la que sobresalían unos puños de encaje de la camisa; unos pantalones demasiado estrechos para la moda y polainas. El joven alzó la vista hacia donde estaba el poeta. Éste se retiró con un gesto rápido y cerró la ventana. Después de permanecer inmóvil durante unos segundos el poeta sonrió, se ajustó la pajarita, abandonó la habitación y los versos volaron. Era Salvador Dalí. La creación de un instante.

 

Eternidad: New York, la ciudad moderna y quebrada.

 

La lengua del dragón capitalista vomitó llamaradas de fuego sobre la ciudad, ahogada con brasas que olían a dólar inútil, a desespero y a ruinas. Era una metrópoli quebrada y perdida, igual que un fantasma vagando por el limbo. El cielo y los edificios parecían derrumbarse en una Nueva York agónica, pero el corazón de un poeta latía apasionado por una aventura lejana. Lorca había llegado a Nueva York lleno de nuevos poemas.

 

Eternidad de pasión, risas e impotencia.

 

Amores azules. Pasión y risas. Amores amargos. Soledad.

 

Por los rincones de algún sitio, el poeta se desgranó en versos y en cada paso se creaba a golpe de amores fortuitos. En cada lengua encontró lo que no buscaba, en cada risa inventaba una vida, y en cada mirada se perdía en las noches, pero siempre resucitaba desconcertado en amaneceres de humo. Ningún amor le duró lo suficiente como para vestirse con la piel del otro. Solo eternidad e impotencia.

 

Nunca un instante fue tan corto y la eternidad tan eterna.

 

Miraba su traje blanco y se sintió horrorizado. Una mancha escarlata salpicaba el orgullo, la valentía, la luna y los poemas. Acercó las palmas de las manos a los ojos. Su pasión era líquida, roja y le fluía por la piel de los dedos.

 

¡No te dejes caer! ¡¡Huye!! -le decía el globo blanco que alumbraba allí arriba. El poeta lo miró suplicante pero éste no le hizo caso. ¡¡Huye!! Y decidió que tenía que huir, pero sus pasos eran lentísimos... Caminó por una tierra pesada y bajó por unos peñascos insoportables hasta que llegó a una carretera de curvas infinitas. El poeta se recitó y de tanto recitarse se fue construyendo un hogar en la eternidad y, así, acurrucado y muerto de miedo extendió las manos con dificultad y exhaló su último suspiro.

 

¡Qué corto es un instante y qué eterna es la eternidad!

 

Pili Egea

 

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