La jirafa Benita y la lluvia

En un lugar de África llamado Kenia vivían unas personas de piel negra y sonrisas blancas. Eran alegres y cariñosas, se reunían para hacer actividades y bailes. Pero aquel verano no llovió; los ríos se secaron y la gente se quedó sin agua. Todos buscaban enloquecidos algo para beber, pero no encontraban agua. ¡Tenían mucha sed! En poco tiempo, estas personas, habían pasado de la alegría a la tristeza más profunda.

 

Benita era una diminuta jirafa que había nacido en la sabana. Al igual que su mamá y sus hermanos, lucía un vistoso traje moteado de islas de color marrón dentro de un gran lago beige.  Benita había nacido con un cuello cortito y soñaba con tenerlo igual de largo que el resto de su familia. Mamá recogía las hojitas más tiernas y los frutos más sabrosos para ella ¡mmm, qué rico estaba todo!

 

Los meses pasaron y el cuerpo de Benita creció elegantemente, su cuello se alargó. Era tan largo que superó a los de sus hermanos, al de mamá, e incluso, a los árboles; ¡llegaba hasta a las nubes!

– ¡Oh, no! –Exclamaba Benita.

La pobre jirafa estaba triste y sola, allí arriba no había nadie con quien charlar. Solo una nube juguetona le hacía cosquillas en su morro de chocolate.

 

Como el tiempo pasaba lento, allí en las alturas, Benita había encontrado una distracción que le hacía olvidar la soledad. Le gustaba observar toda Kenia. !Era tan preciosa! Las montañas, los desiertos de arenas doradas, los bosques, las manadas de animales corriendo, el gran océano azul y los poblados llenos de gente. Un día, Benita colocó sus dos patas en la frente para que no le molestara el sol y pudo ver con sorpresa que el río estaba seco. Vio con tristeza que las personas buscaban agua sin hallarla, los niños lloraban y lloraban. Si lloviera... –pensaba Benita mientras una nube le hacía cosquillas en el morro.

– ¡Qué pesada! –se quejó la jirafa.

– ¿Cómo dices?

Benita miró para los lados con los ojos tan grandes como platos, pero no vio a nadie. La nube le hacía tantas cosquillas que la jirafa estornudó.

– ¡No vuelvas a estornudar! Me haces perder agua – dijo la nube.

– ¿Las nubes habláis? - preguntó extrañada la jirafa.

– Pues claro que hablamos, pero si no nos dices nada, nosotras permanecemos en silencio.

 Entonces la jirafa volvió a mirar hacia abajo, reflexionó y bajito le explico su idea a la nube.

 

De pronto un batallón de orgullosas nubes se amontonaron alrededor de la jirafa, ¡Achis, achis, achis..!  Benita estornudó tanto que provocó una gran lluvia durante horas.

 

En el poblado, las personas gritaban de felicidad. Los adultos llenaban los cubos de agua, los ancianos daban las gracias al cielo, los niños reían y bailaban bajo la lluvia. Los ríos se volvieron a llenar y los animales contentos se revolcaban bajo la lluvia.

 

Benita supo, de esa manera, que su larguísimo cuello podía servir para ayudar a los demás y sentirse valiosa.

Pili Egea

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