La novela de Wilde

Yo, Gisel.la, soy una molécula de alguna galaxia de páginas y letras perdidas. Empiezo por la A y terminó en Z; soy un abecedario que se burla de la otra Gisel.la, la de carne. Soy instinto, sed, rabia y ternura; fatalidad y sorpresa. Tantas ocasiones he vivido cosas… ¡Ay! Tantas risas, miedos, cariño, abandonos que por poco ni recuerdo lo que soy: una mujer-libro.

 

Tres meses antes

           

Era el día de mi cumpleaños, ya treinta. Dicen que los treinta años es una edad decisiva. Pero yo seguía anclada a mi presente y a mi pasado, bueno si lo pienso bien, creo que mi pasado es mi presente. Porque nací en una biblioteca y seguramente moriré en ella. Pero inmediatamente dejé mis reflexiones apartadas y me hice un poco de café, un par de tostadas como cada día y salí de casa como alma que se la lleva el diablo.

           

A las nueve de la mañana, la biblioteca estaba desierta y como si fuera un regalo de cumpleaños, aproveche esa ocasión. El retrato de Dorian Gray es un clásico que no hay que dejar de leer, y creo que la máxima vergüenza de una bibliotecaria es no leerse ese libro. Pero no tuve oportunidad de leerlo. Por eso, antes de pudrirme en los infiernos, fui directamente a la estantería de autores ingleses. Me froté energéticamente las sienes. Un dolor creciente se fue apoderando de mi cabeza. Pero como mi voluntad es más fuerte que mi razón… Mis yemas acariciaron diversos lomos, el nombre de su autor empezaba por la letra W. Mis ojos localizaron Wilde, De profundis, La importancia de llamarse Ernesto… Y El Retrato de Dorian Gray. Lo tomé, lo abrí al azar y leí:

 

“ Contemplar la figura apuesta y elegante que con tanta habilidad había reflejado gracias a su arte, una sonrisa de satisfacción, que quizá hubiera podido prolongarse, iluminó su rostro. Pero el artista se incorporó bruscamente y, cerrando los ojos, se cubrió los párpados con los dedos, como si tratara de aprisionar en su cerebro algún extraño sueño del que temiese despertar…”

 

Cerré el libro y de un golpe lo aparté. Con mis manos, me presioné la cabeza, pero un terrible relámpago la hizo mil pedazos. Perdí el control y caí de la silla.

 

Tirada en el suelo, mi cuerpo se convulsionó. Se estiraba y se encogía. Se endurecía y se ablandaba.  Mi piel se tensaba, cambio de textura y olor. El aroma de un libro antiguo ahogaba mis pulmones, sentir mi piel de pergamino ayudó más a mi desesperación. Me abría, pasaba las páginas y me cerraba. Entonces al leerme me di cuenta que yo era el libro.

 

Pasé mucho tiempo en el suelo, no se cuanto, me cogieron y perdí de vista mi cuerpo. Unas manos, conocidas me colocaron en una estantería, al lado de otros libros. Por mucho que me empeñaba no conseguía ver sus títulos. Al principio me cogían de la estantería y me leían, pero pronto me olvidaron. Un día, con una fuerza inverosímil, me abrí un poco y leí:

 

“La vida es una cuestión de nervios, de fibras, de células lentamente formadas, en las que se esconde el pensamiento, la pasión tiene sus sueños. Puede que ahora te creas a salvo y te consideres fuerte. Pero un casual tono de color en una habitación, un cielo matinal, un perfume peculiar que hayas amado y que te trae sutiles recuerdos consigo, un verso de un poema olvidado que vuelve a tu memoria, una cadencia de una pieza musical que has dejado de tocar, de todo esto, Dorian, te lo digo, de todas estas cosas parecen depender nuestras vidas”

 

¡El retrato de Dorian Grey! Volví a releerme. Era… Yo era eso. ¡La novela de Wilde!

           

Tuve muchos dolores de cabeza a raiz de aquel curioso incidente de la biblioteca. Por mucho que pensara, no entendía que había ocurrido el día de mi cumpleaños; hacia ya tres meses. Pero la verdad es que por otro lado me daba igual. Era como si me hubiera vuelto masa y volumen. Mis pesados pasos me llevaron hacía una cafetería, al abrir la puerta me invadió un olor a café, licor y humo. Busqué una mesa entre el tumulto, pero me tropecé antes de llegar a ella. El libro de Wilde se cayó al suelo, un pinchazo agudo en el corazón me dobló en dos pero rápidamente recobré el equilibrio. El libro estaba junto a unos folios y al punto me agaché y lo cogí todo en un manojo. Sentí alivio. Llegué a la mesa dejé el libro sobre ella y pedí un té. Localicé la página donde me había quedado antes de que se me cayera. Leí:

 

“Al día siguiente Dorian Gray no salió de la casa y, de hecho, pasó la mayor parte del tiempo en su habitación, presa de un loco miedo a morir y, sin embargo, indiferente a la vida. El convencimiento de ser perseguido, de que se le tendían trampas, de estar acorralado, empezaba a dominarlo. Si el viento agitaba ligeramente los tapices, se echaba a temblar. Las hojas secas arrojadas contra las vidrieras le parecían la imagen de sus resoluciones abandonadas y de sus vanos remordimientos. Cuando cerraba los ojos, veía de nuevo el rostro”

No entendía nada, era como si se estuviera una leyéndose a si misma. Creía leer mi propia alma en la novela de El retrato de Dorian Gray,

”… mirando a través del cristal empañado por la niebla, y creía sentir una vez más cómo el horror le oprimía el corazón.”

 

Cerré el libro de un golpe, me dio un latigazo que casi hizo que me cayese de la silla. No puede ser, no puede ser –me repetía. Acerqué el té a mis labios. Volví abrir el libro: te estás leyendote  a ti misma. O Pasé las páginas con desesperación.

 

”Lo cogió, como había hecho en aquella noche de horror, cuando por primera vez advirtiera un cambio en el retrato fatal, y con ojos desencajados, enturbiados por las lágrimas, contempló su superficie pulimentada. En una ocasión, alguien que le había amado apasionadamente le escribió una carta que concluía con esta manifestación de idolatría:”

 

Y sigo leyendo: Yo, Gisel.la, soy una molécula de alguna galaxia de páginas y letras perdidas. Empiezo por la A y terminó en Z; soy un abecedario que se burla de la otra Gisel.la, la de carne. Soy instintos, sed, rabia y ternura; fatalidad y sorpresa. Tantas ocasiones he vivido cosas… ¡Ay! Tantas risas, miedos, cariño, abandono…

 

“Aquellas frases le volvieron a la memoria, y las repitió una y otra vez. Luego su belleza le inspiró una infinita repugnancia y, arrojando el espejo al suelo, lo aplastó con el talón hasta reducirlo a astillas de plata.”

Aparté el libro súbitamente que cayó junto al té en el suelo. Inmediatamente me desplomé detrás de él y la gente vino a socorrerme. Alguien llamó a una ambulancia. Hice un gesto para levantarme, pero un dolor agudo en el tobillo me detuvo. Las voces de la gente me decían que no me moviese. Alargué el brazo y cogí el libro. Leí:

 

”… el interior encontraron, colgado de la pared, un espléndido retrato de su señor tal como lo habían visto por última vez…”

 Oí la sirena de la ambulancia, estaba rodeada de gente. Agarré fuerte El retrato de Dorian Gray contra mi pecho. No abandonaré mi alma.

Definición de fenómeno mujer-libro:

 

Se dice de la mujer que a causa de una sobredosis de letras se convierte en libro.

Maldición de algunos clásicos literarios, como El retrato de Dorian Gray. Dicho clásico se adueña el alma del lector, de esa manera la novela de Oscar Wilde perdurará joven por el resto de los siglos.

 

Pili Egea

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