La singular vida

de Solo y Amargo

Las espumosas olas se deshacían al contacto con la tibia arena de la playa. Los rayos del sol se vestían de gala al tropezar con esas aguas azules e inmensas. Barcelona era una tierra abierta, como un gran balcón con vistas al mundo, que daba cobijo a misioneros, comerciantes de buena fe y familias de posición. Pero cuando extendía sus alas, la ciudad bullía de excéntricos con ropas ajadas, viajantes sin rumbo y artistas de farándula. 


Un día de tantos, Solo y Amargo tocaron tierra firme en aquella ciudad. Iban acompañados de un batallón de gente; decoradores, coreógrafos, secretaria, limpiabotas y demás. La pareja había cosechado muchos éxitos por los rincones más recónditos del globo terráqueo: de Japón a Nueva York, de la Patagonia a Moscú. Eran reclamados por los mejores teatros y las luces de las salas brillaban con furor cuando los dos zapatos entraban por la puerta. Solo era alegre, creativo y pasional; en cambio, Amargo transpiraba melancolía, sensibilidad, y siempre necesitaba la compañía de Solo. Al tener una vida llena de aplausos y felicitaciones, la pareja nunca pensó en su jubilación, pero cada vez le costaba más terminar un espectáculo. Sus suelas estaban muy usadas; los tacones se habían desgastado de tanto vivir y por más betún que les pusieran, su
cuero estaba surcado por mil arrugas.

 

Hacía casi sesenta años que Solo y Amargo habían nacido en un pueblo perdido de Andalucía. Su creador fue un hombre de cabellos de plata, de cuerpo diminuto y cara de ratoncillo. Pero aunque el tiempo le había apagado la vista, las manos del zapatero recordaban perfectamente su trabajo. El hombre fue todo para ellos: aprendieron a leer, sumar, educación en la mesa, el saber estar y los secretos del ilusionismo. Pero lo que a Solo y Amargo les fascinaba eran los misterios del alma. Según el zapatero, cuando el cuerpo moría, el alma buscaba un ser en donde seguir viviendo. A veces el alma errante se encuentra con su alma gemela; en ese instante se produce la fusión perfecta, de las dos nace un solo ser fuerte y valiente. A los pocos años, Solo y Amargo se convirtieron en unos zapatos de un cuero suave y liso, con unos tacones tan erguidos y firmes que eran el orgullo del zapatero. Ni se plantearon nunca pertenecer a ningún pie. Pero la dicha de esta singular pareja duraría poco. Un día el hombre de cara de ratoncillo no se levantó de la cama. Solo y Amargo enredaron sus cordones entre sí, haciendo un nudo de dos lazos y velaron el cuerpo durante cuatro días y tres noches. No se sabe bien en qué momento los zapatos supieron que el alma del zapatero estaba en ellos. A pesar de ello su ausencia física les lleno de tristeza. El tiempo pareció detenerse; el viento siempre soplaba para del mismo lado, e incluso, el griterío que llegaba desde fuera de la zapatería se oía cada día igual. Solo se había convertido en un ser taciturno y Amargo ya casi no era nada. Y quizás hubieran muerto, si la casualidad no hubiera puesto aquel circo en medio de sus vidas.

 

La gente del circo acogió a la pareja con los brazos abiertos y miradas avispadas. A Solo y Amargo les brindó una agradable bienvenida un hombre corpulento y de risa de hiena. Con solamente un vistazo de águila, vio en este par de zapatos un negocio de lo más rentable. Les invitaron a una limonada y ellos aceptaron quedarse en aquella gigantesca habitación construida con varas de hierro y cubierta por una monumental lona de rayas rojas y blancas. Solo y Amargo quedaron fascinados con esa vida: trapecistas que volaban de un lugar a otro como si fueran simios, paquidermos que andaban con el sigiloso paso de los gatos. Payasos, pequeños hombrecillos, palomas que salían de una chistera, mujeres de bigotes largos y felinos de negras fauces, era como un abanico que vestía de sorpresa el circo. Pronto intentaron que Solo y Amargo tuvieran cabida en aquel curioso carrusel. Pero contra todo pronóstico, no lo consiguieron. Los payasos intentaron calzarse el par de zapatos; no, eran pequeños. A los trapecistas tampoco pudieron sacarles ningún uso. Los pies de los elefantes eran redondos y los tigres se negaron, no querían perder su elegancia subidos a un par de tacones. Y los años pasaron y con ellos vieron pueblos y ciudades, pero los zapatos solamente vivieron los éxitos del circo en la sombra. Una noche la desesperación hizo acto de presencia entre ellos. Presos de la impotencia empezaron a dar zapatazos por doquier. Solo; tacón, punta y tacón. Amargo: punta, tacón y punta. Solo y Amargo: tacón, punta punta y tacón tacón. Un, dos, tres… más rápido. Tacón, punta, media vuelta y tacón. Más, más y más rápido… Y cuando se dieron cuenta, estaban rodeados de un montón de personas que en sus bocas tenían dibujadas una O mayúscula. Fue así como la pareja dejó la vida del circo.
Solo y Amargo crearon su primera coreografía, una sinfonía sencilla de pasos y taconeos. Recorrieron las plazas de los pueblos de la España más profunda, pero los pasos y taconeos se fueron transformando en arte en estado puro. Y esos pueblecitos pasaron a ser ciudades y las plazas teatros. Tiempos muy intensos, en los cuales, no había ni un minuto para descansar. Solo y Amargo eran dos zapatos bien plantados; su cuero relucía bajo el sol, los tacones eran dos pilares robustos y firmes y sus cordones del más fino hilo. Las señoritas caían rendidas ante ellos, en cambio, entre los caballeros causaban envidia. Tuvieron mil y un amantes, pero el éxito les nubló la capacidad de amar. En todos estos años, solamente se enamoraron en dos ocasiones. El romance que tuvo Solo con un joven pintor austríaco pasó a ser el tema de charlas callejeras. Fueron unos meses fabulosos pero nunca terminaron de completar sus paletas de sentimientos. Amargo tuvo la desgracia de enamorarse de una mujer de origen chileno, tan posesiva que no le dejaba ni un momento. Después de una actuación la dejó plantada con la palabra entre los labios. Pasados estos baches amorosos, la vida profesional de los dos artistas fue impecable. Contrataron a un economista, decoradores para los escenarios, coreógrafos para sus bailes, una secretaria que les organizaba las fechas de sus espectáculos y por supuesto, un limpiabotas que se encargaba de que los dos artistas conservaran la belleza y la juventud. Pero los años no pasaron en balde y ellos no fueron ninguna excepción; los desgastes de suela, el cuero cuarteado en mil surcos y la falta de suavidad en los cordones hicieron mella en los artistas. La poca energía y la edad pasaban factura. Creían que lo tenían asumido; puesto que todo termina por envejecer y por reemplazarse. La singular vida de Solo y Amargo tocaba su fin. Cuando el arte termina, la vida se apaga; pero el alma y el arte sigue viviendo en otros corazones.

 

En su última función, Solo y Amargo se desgarraron como hacía años atrás. Bailaron por bulerías, hicieron algunos pasos de claqué no sin olvidarse, claro está, del flamenco más puro. Finalizaron con el tango Adiós muchachos, que decía así:

 

“Adiós muchachos, compañeros de mi vida, barra querida de aquellos tiempos. Me toca a mi hoy emprender la retirada debo alejarme de mi buena muchachada.
Adiós, muchachos, ya me voy y me resigno, contra el destino nadie la talla. Se terminaron para mí todas las farras. Mi cuerpo enfermo no resiste más. ”

 

Barcelona se arrodilló ante ellos. Y aunque Solo y Amargo habían planificado su retirada, se deshicieron en lágrimas tras el caluroso y último aplauso.
 

Pasaron varios días encerrados en una habitación de hotel y solamente, al caer la noche, salían a buscar consuelo en brazos de algún desconocido. Una ocasión de las tantas que salieron a vagar, la pareja se topó con la persona que iba a ser la compañera de sus destinos. Se pararon delante de un local donde se anunciaba una actuación de “El chico de Valderrubio”: Solo miró a Amargo y Amargo miró a Solo, empujaron la puerta y entraron. Se abrieron paso por entre las patas de las mesas y se sumergieron en la neblina misteriosa del humo de tabaco. Apenas había cuatro almas solitarias ahogando las penas en sus copas. El lugar estaba vestido por la tristeza de una guitarra y a su lado se encontraba un joven de piel inocente y mirada de duende. La danza de su cuerpo era como las mareas de un mar eternamente enamorado de la luna. Maravillados observaron el breve zapateo con el cual parecía acariciar el suelo. Envuelto en el aura de algún poeta lejano, el chico de Valderrubio, regaló a un público de mente ausente, un baile elegante de pasos. A medida que el tiempo avanzó, su arte fue cogiendo estilo y rapidez. Solo y Amargo deseaban que esa carne andaluza fuera parte de ellos para siempre. Se ocultaron debajo de una mesa, no querían distraer al joven. El chico se fue desgarrando en enérgicas bulerías, la pareja de zapatos se deshizo en llantos sordos e intercambiaron una mirada entre sí. Si sucediera un milagro y el bailaor introdujera sus pies en ellos… sería genial. Y tal como lo pensaron, así sucedió. En uno de esos giros imposibles de baile, uno de los tacones del calzado del bailarín salió disparado cual si fuese un misil. Pero por suerte, rebotó en la pared y fue a caer entre Solo y Amargo. El sobresalto hizo que la sala se despertara de su perenne sueño, de olor a copas, flamenco y cigarrillos, no sabiendo muy bien lo que había sucedido. En cambio, Solo y Amargo, se percataron en seguida y dieron las gracias al destino aunque sabían que iban a dejar de existir como tales. Echaron un rápido vistazo al zapato mustio que se hallaba entre ellos y vieron su deseo hecho realidad. ¡Vamos a seguir bailando! No podían imaginar mejor vida que en el cuerpo de ese joven. Era la ocasión justa; ¡Sí! gritaron de emoción y por última vez, y la exclamación se perdió en el humo del local. Solo y Amargo estrecharon entre sí sus cordones, formando un nudo de dos lazos y así murieron por propia voluntad y felices. El bailaor se disculpó y rojo de vergüenza buscó con la vista su calzado: se dio cuenta de que estaba junto a unos zapatos. ¡Solo y Amargo, los grandes artistas del flamenco! dijo entusiasmado el bailaor. Bajó contento del escenario y fue a reunirse con ellos, los cogió entre sus manos, pero Solo y Amargo ya habían muerto. El chico se dejó caer en una silla perplejo y desconcertado. En el ambiente flotaba, como si de un fantasma se tratara, una canción francesa que en la mente del chico se confundió. ¿Sería la canción o los zapatos quien le suplicaba Ne me quitte pas? Sin saber muy bien por qué se los colocó. ¡Zas..! Y sucedió. Una lágrima de felicidad rodó por su mejilla.

 

Aquel chico de Valderrubio se hizo hombre y éste, un gran artista que llenaba teatros. Cuentan que él nunca supo lo que aquella noche le sucedió. Pero dicen que el alma de los zapatos se fusionó con la suya, hasta tal punto, que se convirtió en un órgano llamado corazón. Y también explican que uno de sus espectáculos de más éxito, lo tituló “Solo y Amargo”.

 

A Rafa, desde mi profundo

agradecimiento.

 

Pili Egea

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Foto Zapatos: Silvia Del Barrio

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