Director: Ingmar Bergman.

Año 1966

Duración: 80 minutos

Intérpretes: Bibi Andersson, Liv Ullmann,

Margaretha Krook, Guinnar Bjórnstrand.

Género: Intriga. Drama.

Persona

Persona es un laberinto repleto de psicología, filosofía, intriga y un sinfín de conceptos que hacen de esta película una de las cintas más paradigmáticas, intimistas e iconográficas del director sueco Ingmar Bergman (1918-2007). Por ello, mi trabajo se centra en el análisis psicológico de la película.


Elisabeth Vogler es una actriz que representando el personaje de Electra en el teatro, de repente, se queda sin poder articular palabra. Debido a ello, es ingresada en un hospital donde conoce a Alma. Alma trabaja de enfermera y la directora del centro decide que ella es la adecuada para atenderla. “—Alma, ¿ha ido ya a ver a la señora Vogler? Ah, ¿no? Tanto mejor. Iremos juntas. Así puedo presentarlas. La pondré al corriente, sólo por encima, de la situación de la señora Vogler y de las razones por las que la hemos contratado a usted para cuidarla[1].  Los primeros planos de Alma y de la doctora jefe, son de una expresividad pasiva y de una intensa carga psicológica que se mantiene en toda la película.

Al comienzo de este film en blanco y negro, Ingmar Bergman nos adentra en un frío depósito de cadáveres escenificando un recuerdo de su niñez y, a la vez, consiguiendo una retrospectiva del fin de la vida de la humanidad. La muerte es un elemento esencial que incluye en toda su filmografía, al igual que lo hace con la maternidad, la religión, la muerte, la enfermedad... Como si fuera un carrusel grotesco, un proyector pasa una batería de escenas cortas de lo más impactantes y su velocidad interfiere con la lentitud que después se hará presente en toda la cinta. Una tarántula amenazante, un cordero agonizante, unas manos que son crucificadas, un pene en erección dan paso a unos cuerpos tumbados en una morgue. Estas imágenes desesperanzadas contrastan con la fragilidad de un niño que semidesnudo acaricia a una gran pantalla en la que observamos dos rostros de mujer tan similares que parecen fundirse en una identidad. El rostro de Elisabeth termina por difuminarse mientras que el de Alma se mantiene nítido. Esta escena icónica y hechizante del cine europeo sirve como introducción para el argumento de Persona. Ingmar Bergman escribió el guión de Persona durante su convalecencia hospitalaria, de tres meses, a causa de una grave bronconeumonía que le sirvió de terapia al director, en Los archivos personales de Ingmar Bergman. “Alguna vez he dicho que Persona me salvó la vida. No es una exageración. Si no hubiese tenido fuerzas para terminarla, probablemente hubiera quedado fuera de combate. Fue significativo que por primera vez no me preocupase de si el resultado iba a ser popular o no[2]. Si investigamos en la vida de Ingmar Bergman, comprobaremos que de niño se quedó encerrado en un depósito de cadáveres. Ello fue una experiencia traumática que junto a las prédicas de su padre, que era un rígido luterano, le marcó en su infancia tan seriamente que, como ya cité con anterioridad, la muerte y la religión fueron elementos de suma importancia simbólica y argumental para sus trabajos.

Volviendo a las dos protagonistas; tras un período de internamiento de la paciente Elisabeth Vogle y al no haber ninguna evolución favorable, puesto que su mudez persiste, la directora del centro ofrece su propia casa veraniega en  Isla de Farö para que descanse bajo la atención de Alma. Y lo que debía ser un paréntesis terapéutico de la actriz, termina siéndolo para la enfermera. Las dos parecen emular el icónico cuadro de la artista mexicana Frida Kahlo, en el que expresa la sutil dualidad del individuo. La artista lo pintó cuando estaba atravesando su divorcio y, al igual que Bergman con Persona, en plena crisis emocional creó Las dos Fridas (1939). Un antes y un después, el matrimonio y la soltería, la fortaleza y la fortaleza, la vulnerabilidad y la vulnerabilidad, la vulnerabilidad junto a la fortaleza. Pero eso sí Fridas unidas por una transfusión a través de una vena, compartiendo su sangre, al igual que Alma cuando le chupa la sangre a Elisabeth. Diferentes, pero tan iguales. Enfermera y paciente con la misma sangre. ¿Elisabeth es el alma de Alma o Alma es el alma de Elisabeth? Unas “Jekill y Hyde” contemporáneas.

Bibi Andersson y Liv Ullman, las dos actrices principales, entablaron amistad al poco de conocerse y aunque Bergman conocía a las dos por separado, fue al ver una foto de las dos actrices juntas cuando se percató del gran parecido físico. Inmediatamente las contrató para su próxima película que en un principio se titularía Cinematografía. En el hospital se propuso trabajar en el guión una hora diaria debido a que sus vértigos le imposibilitaba trabajar durante más tiempo. Cuando finalmente se llevó a cabo el rodaje, en un principio, las escenas se repitieron muchas veces hasta que se logró una unidad en la filmación. Hay que comentar que solo cinco actores intervinieron en la película, sin contar los dos figurantes que se hallan en la escena del depósito de cadáveres. Esto nos hace pensar en la pasión del cineasta por el teatro (dirigió el teatro de Estocolmo). Finalmente, la cinta se tituló Persona, que en griego significa máscara, aludiendo a la que la gente suele llevar frente al mundo.  

 

 

 

 

 

 

 

La maternidad en Persona es un asunto trascendental. Las dos protagonistas se cuestionan el deber de ser madres. Alma, en una escena de primeros planos, le reprocha a Elisabeth la distante y fría relación que mantiene con su hijo. El espectador lo comprueba en la escena cuando Elisabeth está ingresada y rompe la foto del niño. Para ella su hijo es una exigencia que la sociedad impone a las mujeres (la misma frialdad que sintió Bergman de su propia madre). Podemos deducir que el niño que está en el depósito es el mismo que aparece en la foto.

Una herramienta muy recurrida  en la trayectoria profesional del director ha sido el silencio, el cual parece tener más peso que los diálogos. El silencio tiene mucha más importancia que los gestos lentos y pausados que vemos en la película. En Persona, el silencio de  Elisabeth guía la impotencia que siente Alma “que habla para tratar de establecer un diálogo y se revela en confidencias cada vez más íntimas[3]” impotencia contenida que comparte con Elisabeth. Otros directores han utilizado el silencio como recurso, un ejemplo lo tenemos en el cine español con Pedro Almodovar, gran admirador de Ingman Bergman, en su film Hable con ella. Javier Cámara interpreta a un enfermero que dialoga con su paciente que permanece en silencio a causa de un coma. En este caso, de esas conversaciones silenciosas surge un amor obsesivo que concluye en una posesión física. En Persona esa obsesión también está patente en la enfermera Alma que tiene la necesidad de sentirse escuchada por otra persona… “Ésta es la obra maestra bergmaniana de la reversibilidad de las apariencias, de la porosidad de los rostros, del desposeimiento absoluto[4].  La obra del director manchego tiene matices que podrían estar influenciados por la obra Bergmaniana, como Todo sobre mi madre demostrando el dolor femenino que recuerda el sufrimiento de las hermanas en Gritos y susurros.


Woody Allen, otro de los grandes cineastas actuales, es un entusiasta de su trabajo y parte de sus películas hacen guiños al cineasta sueco. En una escena de Annie Hall, los protagonistas se sitúan delante de un anuncio de la carátula de la película Cara a cara. Ramón Luque en su libro Bergman: El artista y la máscara nos cuenta que “Precisamente Allen era uno de los que sabían cómo reírse con Bergman tal y como han podido comprobar en el diálogo que encabeza este libro. Allen se ríe de Bergman porque lo considera un grande comparándolo a Shakespeare, Flaubert, Chéjov o Freud y convirtiéndolo en socio de un club de artistas que prácticamente llegaron a tocar la grandeza con sus manos (por eso Allen llegó a imitarlo en serio)[5].  Y así como el propio Woody Allen dijo “en un primer nivel está el gran grupo de realizadores que entretienen al público con películas buenas y sólidas año tras año. Por encima de este nivel están los artistas que hacen películas más profundas, más personales, más originales y más emocionantes. Y finalmente, por encima de todos, está Ingmar Bergmar, que probablemente es el artista cinematográfico más grande, si lo tenemos todo en cuenta, desde la invención de la cámara de cine”[6].

 

El director sueco estudió el subconsciente humano de una manera intensa y nos lo mostró en forma de arte a través de su filmografía. Sumergirse en el mundo bergmaniano es adentrarse en el alma, la sensibilidad, la religiosidad de este realizador existencialista, ya que “desde los inicios de su carrera cinematográfica Bergman se ha ocupado, desde diferentes perspectivas, del tema de las relaciones de individuo con el Mundo, con el Otro -los demás sujetos- y con Dios, pero siempre desde una posición cercana a la filosofía existencial, recibiendo, en sus distintas etapas, influenciadas de ¨Sören Kierkegaard, Jean-Paul Sartre y Albert Camus entre otros[7]. Es admirable la sutil forma de comunicarnos sensaciones ante la cámara. Es un mago transmitiendo las emociones como lo fue su antecesor George Méliès, pero éste en el arte del trucaje. Bergman aniquiló sus demonios a fuerza de películas, igual que si fuera una terapia psicología compartida entre él y los espectadores.

 

Pili Egea

 

[1] BERGMAN, I: Persona. Edición digital (formato EPUB). 1965.

[2] BERGMAN, I: Los archivos personales de Ingmar Bergman. En: Persona. Edición digital (formato EPUB) 2008.

MANDELBAUM, J: El libro de Ingman Bergman. Colección grandes directores. Cahiers du cinema ediciones. Edición para El País. 2007. París..

[4] MANDELBAUM, J: El libro de Ingman Bergman. Colección grandes directores. Cahiers du cinema ediciones. Edición para El País. 2007. París. 

[5] LUQUE, R. Bergman: el artista y la máscara. Ed. Ocho y medio, libros de cine. 2007. Madrid. 

[6]  PUIGDOMÊNECH, J: Ingmar Bergman. El último existencialismo. Ed. Ediciones JC. Colección Directores de cine.Núm.59. 2007. Madrid. P

[7] PUIGDOMÊNECH, J: Ingmar Bergman. El último existencialismo. Ed. Ediciones JC. Colección Directores de cine.Núm.59. 2007. Madrid. 

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